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‘Room (Habitación)’, entre el horror y la ternura.

 
 

 
 

Especial/El Nuevo Herald

El 28 de abril del 2008 una noticia escalofriante estremecía al mundo: Joseph Fritzl, un electricista austriaco de 74 años, confesaba haber mantenido encerrada a su hija en un sótano por 24 años. Durante ese tiempo “el monstruo de Amstetten”, como se le llegó a conocer a Fritzl, abusó sexualmente de la joven y tuvo con ella siete hijos, tres de los cuales crecieron en cautiverio. El abominable hecho fue descubierto cuando la mayor de las criaturas enfermó de gravedad y tuvo que ser llevada por su “padre-abuelo” a un hospital. Como era de esperar, poco tiempo después aparecía publicado un libro sobre el caso, Monster, la consabida crónica sensacionalista disfrazada de periodismo investigativo. Lo que sí constituyó una sorpresa editorial fue la publicación de Room (Habitación), (Alfaguara, 2010), novela de la escritora irlandesa Emma Donoghue, inspirada parcialmente en éste y otros hechos parecidos.

La novela nos cuenta la historia de Jack, un niño de cinco años, y su joven madre, a quien sólo conoceremos a través de su hijo como “Mamá”. Al igual que los niños del caso Fritzl, Jack nació en cautiverio y lo único que conoce del mundo exterior son los destellos de sol que se cuelan por la claraboya de la pequeña habitación donde su madre ha permanecido secuestrada por ochos años. El rapto de la mujer ocurrió una mañana cuando ésta se dirigía a la biblioteca de la universidad y un hombre mayor se le acercó a pedirle ayuda con la excusa de que su perro había sufrido un ataque. Entonces todo se puso negro y cuando la joven volvió a abrir los ojos estaba encerrada en una celda insonorizada revestida de vinilo, espuma aislante y láminas de plomo. A partir de ese día el “Viejo Nick”, su secuestrador, la visitaría casi todas las noches; y de esos encuentros, al cabo de los tres años, nacería Jack.

De los cinco capítulos en que se divide Room, los dos primeros están dedicados a describir la convivencia de madre e hijo en la habitación, una existencia que para cualquiera hubiera significado una condena al ocio y la locura, pero que la valiente mujer, a través del poder de la imaginación, convierte en una constante experiencia educativa para su hijo. En el tercer capítulo se relata la espectacular fuga del pequeño Jack, la posterior liberación de su madre y captura del “Viejo Nick”, mientras que el resto de la novela se desarrolla, sobre todo, en la clínica psiquiátrica donde los ahora famosos personajes, acosados por los paparazzi, tratan de iniciar una nueva vida. Lo que hace de esta novela una obra original, hermosa y reveladora, es que está contada desde el punto de vista del niño, un narrador protagonista cuya visión del mundo nos remite, en más de un sentido, al concepto de ostranenie o “desfamiliarización” propuesto por el teórico formalista ruso Viktor Shklovsky en su artículo El arte como técnica (1917). Para Shklovsky la función principal del arte consiste en desfamiliarizar nuestra percepción, la cual se automatiza a través del uso de diferentes convenciones estéticas. A Jack su madre le ha hecho creer, para evitarle sufrimientos, que el mundo se circunscribe a los tres metros y medio cuadrados que mide su cuarto; el resto, los libros que leen y las imágenes que ven en la tele, son sólo fantasía. Por eso la salida del niño al mundo exterior, y su percepción del mismo, está marcada por esa sensación de extrañamiento que sienten los protagonistas de las películas de ciencia-ficción al llegar a un planeta desconocido: “De cerca los árboles son gigantes gigantescos”, afirma Jack en su primer paseo por los alrededores del hospital. “Están cubiertos de una especie de piel, al acariciarla se nota llena de nudos. Encuentro una cosa triangular grande como mi nariz, y Noreen dice que es una piedra”.

Sin embargo, a pesar del deslumbramiento primero, muy pronto el pequeño Jack comienza a sentir nostalgia por ese pequeño paraíso que su madre, de espaldas al horror, logró construir para él. Y es que Room, alegóricamente, nos propone una lectura que poco tiene que ver con la sórdida existencia del “Viejo Nick” y mucho con el tema de la atención a los hijos y su formación, cualesquiera que sean las circunstancias en que éstos vienen al mundo. Como uno de los cuentos infantiles que Jack lee en la habitación, la novela se nos revela como una fábula actual sobre el amor maternal y el poder de la ternura. Por suerte el ogro de esta historia, a diferencia de “el monstruo de Amstetten”, resulta un personaje perfectamente olvidable. • 

cgpandiello@gmail.com
El Nuevo Herald

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