Durante los quince años que viví en La Habana (1966-81), que coincidieron con los primeros quince de Coppelia, la heladería era mi segunda casa. Trabajé más de diez años en el instituto de radio y televisión (ICRT), que quedaba enfrente, y jamás puse un pie en el comedor obrero. Cruzaba la calle y almorzaba una Ensalada de Chocolate “sin montar”, o sea, sin que le echaran nada por encima a las cinco bolas de helado. En esa época no se había inventado aún el colesterol.
Cuando publiqué unos textos en una revista literaria mexicana en 1967 o 68, la editora, que me había conocido en mi medio natural, remató la breve ficha biográfica con esta sentencia: “Se le puede encontrar todas las noches en Coppelia, la gigantesca heladería habanera de El Vedado”. Mi hijo, que nació un 7 de diciembre, por poco llega entre Copas Lolita y Tres Gracias, pues, aprovechando el feriado (la caída de Maceo en combate), habíamos amanecido conversando en las canchas al aire libre de Coppelia. Esa práctica la repetiríamos a menudo, en esos años 60 y 70, con diferentes grupos de amigos de entonces, ahora dispersos.
Como algunos de los contertulios ya íbamos camino a herejes –otros no tanto–, más de una vez salimos a relucir en interrogatorios policiales: “¿Así que usted pertenece al llamado grupo de Coppelia?”, se interesaban por saber, con tono fruncido, los oficiosos inquisidores. Los aludidos, cuyos nombres me guardo, no me dejarán mentir.
La edad dorada de Coppelia duró poco: apenas dos añitos, en que pasó de los 26 sabores tempranos a 54, seis de ellos variantes del chocolate (desde lo alto de una pirámide de libros la copia de un menú rescatado me contempla). Pero la Ofensiva Revolucionaria –qué nombre más bien puesto– de marzo de 1968 desarmó el tinglado. Muy pronto, todo se redujo a inmensas colas y un manojo de sabores básicos. Pero el chocolate, como la noción del bien, flota sobre todo y no naufraga jamás, y yo seguí alimentándome en y de Coppelia.
En 1971, mi hermana de ocho años –a quien no conocía– viajó a Cuba con una delegación deportiva infantil y hasta el sol de hoy recuerda, como una de las cumbres de su estadía, las diarias idas a comer helado, con tiques inagotables que yo, avisado de la visita, había comprado de madrugada para no hacer cola y acumulado sin usarlos.
Pero no me doy más cuerda, que las historias de Coppelia son lo de nunca acabar. De ahí el interés personal con que vi hace unos días en un noticiero local (en un noticiero brutal, diría Borges) que el helado Coppelia ya no existe, aunque la heladería conserva el nombre. Las autoridades del lugar, admitiendo haberse alejado demasiado de la receta original –de la que sospecho se habían apartado hace siglos–, ahora “ofertan” la marca Varadero, hecha con leche en polvo, mucha menos grasa y de muy distinta consistencia. La noticia televisada incluía entrevistas a varios “usuarios”, a duras penas resignados al bajón, entre ellos una muchacha que decía de su manjar blanco: “Yo sé que esto es helado de coco porque yo pedí helado de coco, pero todavía no he encontrado nada que sepa a coco”. Pobrecita.
Por eso, en lo adelante, cuando algún incurable de la nostalgia vuelva a tratar de convencerme inútilmente de que aquí no hay helados como los de Coppelia, le responderé aliviado con tres palabras solamente: “Pues qué bueno”.



























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