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DANIEL MORCATE: El precio de la intolerancia

 

Seguramente han visto en la tele el spot propagandístico. Una joven se lamenta con su padre porque no encuentra trabajo ni puede pagar sus cuentas, mientras una voz en off vincula sus vicisitudes a la inmigración. Luego la misma voz sin rostro exhorta a frenar el ingreso al país de los inmigrantes legales. Se trata de un paso más en la campaña miope, burda e irracional para culpar a los inmigrantes de los problemas económicos del país que causaron los especuladores, las principales instituciones bancarias y los políticos que les dieron carta blanca para sus acciones irresponsables. Y a los que han contribuido y contribuyen los costos exorbitantes de las guerras y del petróleo y las tambaleantes economías europeas. Pero la realidad es terca como una mula. Y con hechos concretos se empeña en demostrar que la economía nacional sufre más de lo que se beneficia con la persecución a los inmigrantes, inclusive a los indocumentados.

Para muestra algunos botones. Arizona, estado pionero en la lucha cerril contra los indocumentados, ha sufrido una pérdida neta de $141 millones y 2,761 empleos desde que adoptó la Ley SB1070 en abril del 2010. Pérdidas, sin duda, modestas. Pero solo porque apenas meses después, en julio de ese mismo año, las demandas judiciales paralizaron los aspectos más draconianos de la medida, dándoles una tregua a los indocumentados, a sus empleadores y a la economía estatal. Alabama, que le subió la parada a Arizona con la HB56, la ley estatal más severa contra la inmigración ilegal, va camino de perder $2,300 millones y 70,000 empleos. Más pesimista, Samuel Addy, economista de la Universidad de Alabama, predice que las pérdidas ascenderán a $11 mil millones y 80,000 trabajos. Georgia perdió $400 millones desde que el primero de julio del año pasado adoptó su propia ley 87 contra los indocumentados. Y podría perder otros $300 millones porque encara un déficit insuperable de cinco mil empleados agrícolas.

Además de realizar los trabajos que no hacemos los norteamericanos, los indocumentados productivos generan impuestos para el gobierno federal, los estados y los municipios. Y ganancias significativas para numerosos negocios. De ahí que estén surgiendo de repente, dentro de las propias filas conservadoras que les habían declarado la guerra, coaliciones de empresarios y legisladores que proponen suavizar la persecución. Su propósito es que se les otorguen derechos limitados a indocumentados para que continúen haciendo faenas vitales para las economías de estados como California, Texas, la Florida y Kansas. En este último, por ejemplo, la Kansas Business Coalition for Immigration Reform impulsa una medida que habilitaría para trabajar, con permiso de Washington, a miles de campesinos sin papeles.

Estas iniciativas pudieran verse como puro chanchullo y estraperlo, la clásica manipulación de un sector humano para el beneficio comercial de otros sectores dominantes, sobre todo si se considera que a menudo las impulsan los mismos personajes que habían decretado la persecución a los indocumentados. Por ejemplo, algunos legisladores republicanos que ahora buscan espacio laboral para los indocumentados en Kansas son los mismos que antes habían adoptado una medida que les prohíbe a sus hijos recibir sellos de alimentos. Vistas desde un prisma más positivo, sin embargo, las nuevas iniciativas podrían considerarse el comienzo de una rectificación, el reconocimiento de una realidad irreducible: que los inmigrantes indocumentados son tan indispensables para ciertos rubros de la economía nacional como lo son para otros los inmigrantes cuyos conocimientos especializados viabilizan su ingreso legal al país; y que hacerles la guerra cuesta mucho más que asimilarlos.

Deberían ser verdades evidentes. Pero para muchos no lo son. Y por eso hay que seguir machacándolas: los inmigrantes continuarán viniendo a Estados Unidos, legal o ilegalmente, mientras las condiciones de sus países de origen sigan siendo más duras que las que encuentran aquí, aun en épocas de xenofobia y búsqueda de chivos expiatorios. Y Estados Unidos siempre necesitará inmigrantes que ayuden a sostener su economía y a renovar su diversidad política, cultural y étnica. Son dos hechos cardinales que deberían servir de base para crear un clima de tolerancia y aceptación de los inmigrantes que ya se encuentran entre nosotros y de comprensión y generosidad hacia los que aspiran a venir. Exactamente el clima contrario al que fomentan las campañas de moda que deshumanizan y usan como víctimas propiciatorias a los inmigrantes.

www.twitter.com/dmorca

El Nuevo Herald

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