La resonancia no cesa, se lee y se escucha el influjo de un evento de magnitud inmensa, que los analistas políticos seculares, los no creyentes y los cínicos no pueden alcanzar. La repercusión del peregrinaje religioso del Santo Padre a Santiago de Cuba y La Habana es inconmensurable. Quien carece de fe no lo ve. Cuba, en efecto, ha tenido una misión que cumplir, la horrenda injusticia y el terror, el sufrimiento que está viviendo se redime ante los ojos del mundo por el verdadero Salvador.
Las homilías de Benedicto XVI en Santiago de Cuba y en La Habana son las de un teólogo brillante con una gran formación intelectual y espiritual. Son textos que deben ser parte integral de la educación cristiana de los cubanos; iría más lejos: se deberían incorporar a los círculos de estudios ciudadanos encargados de promover la cultura civilista democrática.
La exposición pública de su fe, de su catolicismo raigal a sabiendas de la multitud carente de formación o tradición cristiana que lo escuchaba desde la plaza o sus casas en toda la isla, le dio vida a la parábola del sembrador. Como sus semillas, muchas de sus palabras se habrán atrofiado o muerto al caer en el vasto –y en el caso de Cuba arruinado– campo al que las arrojó, pero muchas otras semillas cayeron en tierra fértil. Y eso es lo esencial. Que la Buena Nueva del Reino de Dios haya llegado a los oídos y, por gracia del Señor, al corazón de los elegidos de todo un pueblo. Y así pasó. Sobre todo, las lecturas bíblicas de las dos misas, porque “la Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, las articulaciones y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos” (Hebreos 4,12).
El que tiene oídos que oiga, y que nadie siga ciego después de lo que vio, porque fue la respuesta amorosa de Dios a un pueblo que lo abandonó, lo negó. Por más de medio siglo esas tribunas, micrófonos y cámaras de televisión han estado en poder del Maestro de la Mentira. Pero de nuevo queda comprobada la sentencia de Jesús al apóstol: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del mal no la derrotará” (Mateo 16,18).
No fueron las homilías lo más importante, fue la consagración del pan y el vino que se convirtieron en Cuerpo y Sangre del Señor. Y fueron decenas de miles de cubanos los que se acercaron a comulgar sin saber lo que hacían, cómo coger la hostia, ¿para cuántos era su primera comunión sin bautizarse, sin confesarse? Y Dios se les dio colmado de amor para transformar la vida de muchos.
Las palabras de la consagración son éstas: “Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor. El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
“Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”.
“Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo: “Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Hagan esto en memoria mía”.
Por unos momentos Cristo, el liberador, se hizo presente de nuevo en las plazas totalitarias cubanas. Este es el milagro que pocos percibieron. Y ocurrió también cuando Juan Pablo II estuvo allí, ¿cuántos lo percibieron entonces? ¿Cuántos cubanos tomaron en serio el “No tengan miedo” “Sean protagonistas de su propia historia” “Ábranle las puertas de par en par a Jesús”, que les gritó entonces Juan Pablo II? La presencia de Benedicto XVI corrió una cortina de acero que dejó ver el grito desesperado de “¡Abajo el comunismo!” de un hombre que todavía está en prisión, los cientos de detenciones y la violencia que se llevó a cabo contra hombres y mujeres inocentes.
El sufrimiento de las Damas de Blanco y de los opositores cubanos golpeados y detenidos en prisiones o en sus casas para que no pudieran asistir a misa, no ha sido en vano. Cristo lo unió al suyo y los alzó con él en su cruz, único camino para la resurrección.



























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