DORA AMADOR: En la patria verdadera

 

Qué fecha más hermosa e indicada para partir hacia la patria, que no es Cuba, sino la casa del Padre, la que se le otorgó a Monseñor Agustín Román: Miércoles de la Octava de Pascua, cuando celebramos con inmenso júbilo la Resurrección del Señor, que se extiende desde el 8 de abril por toda la semana, como si fuera un solo domingo. No es para menos. ¡El Señor Resucitó! ¿Muerto, Mons. Román? No, no está muerto, está vivo. Y por eso en lugar de lágrimas y lamentos, los cubanos del exilio debemos dar gracias, porque Cristo Resucitado vino a su encuentro, y él estaba listo, libre de miedo para dejarse encontrar por Él, a quien le entregó toda su vida lleno de amor y esperanza, porque cumplía su misión, a la que había sido llamado desde muy joven. El lema de su sacerdocio –“¡Ay de mí si no evangelizo!”–, que lo vivió hasta el último suspiro, fue su vida misma. Mons. Román fue un evangelio vivo.

En la Resurrección de Jesucristo, está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación, ya que “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (Primera Carta de San Pablo a los Corintios 15,14). ¿Comprendemos esto bien? ¿Esto de lo que no se habla –la muerte, la otra vida, la salvación o la maldición–, pero que está en el corazón del catolicismo?

No hablaré aquí de la vida y el legado maravilloso que nos deja nuestro querido pastor del exilio cubano. Sólo quiero mencionar que entre sus muchas obras está la Ermita de la Caridad, que bien sabemos que, construida centavo a centavo recolectado por Mons. Román al exilio histórico, es hoy considerada uno de los mayores santuarios marianos de Estados Unidos. Y eso no obedece al tamaño del edificio, sino a la cantidad de peregrinos que acuden a él. Más: la Patrona de Cuba, por obra y gracia de esta prolongada diáspora cubana y las subsecuentes llegadas de inmigrantes de otros países al Sur de la Florida, está considerada hoy como la patrona de los inmigrantes en este país. Esto es de una importancia espiritual y simbólica enorme.

Mons. Román, excepcional misionero cubano, arrojado de su patria por los comunistas ateos, que supo con humildad y ternura seguir su vocación a la evangelización –¡y cómo!– sin descanso, “contento, siempre contento”, como decía un sacerdote que él admiraba y citaba, el padre Alberto Hurtado, jesuita, nacido en el país al que Mons. Román también fue de misionero en los años 60, Chile, tierra amable. Cierto, también tenía días de tristeza y angustia por no poder ver el mayor de sus sueños realizado, la libertad de Cuba. Una vida de destierro, amor y la larga esperanza del regreso a la patria. No pudo ser. Como no pudo regresar el padre Félix Varela. ¿Es parte de nuestro designio como pueblo?

Hay algo de redentor en todo este sufrimiento, allá en Cuba y aquí en la diáspora. Al estar dispersos, hemos sido elegidos, dice la Primera Carta de San Pedro. Ya sabemos que ser elegido de Dios no está exento de sufrimientos, todo lo contrario, ser profético cuesta. De acuerdo a la teóloga cubanoamericana Alicia Marill “es posible que para los que vivimos la experiencia de exilio este concepto nos parezca contradictorio, paradójico. En realidad es semejante al evento pascual de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esa Primera Carta de Pedro el apóstol afirma que Dios “por su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para vivir en esperanza”(I P.,1,3).

Hoy Mons. Román ha llegado, al fin, a su verdadera patria. No más despedidas, no más nostalgias ni desarraigos ni espera de regreso. Ante nuestros ojos, en la Ermita de la Caridad tenemos un cadáver amado, ante el cual lloramos, pero recuerden, cristianos, él no está ahí, se fue con Cristo el Resucitado.

www.palabracubana.org

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