Rindo un pequeño homenaje a mi madre, que murió en el exilio, hace 21 años. Lo hago publicando este trazo de su memoria y su nostalgia.
Era 1938, Zoraida Morales Ramos, mi madre, se acababa de graduar de la Escuela Normal de Maestros de Pinar del Río.
“Cuando con 19 años vi como el carro se alejaba dejándome en medio del campo entre personas desconocidas en un ambiente inhóspito, yo, que nunca me había separado de mamaíta y mis hermanos, miré a mi alrededor y no sabía qué decir, cómo empezar una vida que durante tres años compartiría con campesinos de monte adentro. En ese carro que perdía de vista iban mi madre, mi hermano mayor, mi cuñado y un alto personaje del pueblo más cercano para dar fe de que la casa donde me dejaban era habitada por personas morales y de buenas costumbres.
“Hacía dos meses que me había graduado de maestra y al día siguiente de mi llegada debía ejercer como tal. Todo era nuevo para mí.
“Miré a mi alrededor y todo era bello: el campo, la Cordillera de los Órganos estaba casi al alcance de mi mano, el verdor de los árboles, el olor a tierra recién arada, y la brisa que sentía en mi cara, secaron las lágrimas que brotaron por aquella despedida. Cuando cayó la noche disfruté de nuevas experiencias al ver que encendían el quinqué de luz brillante para alumbrar la sala, y en el cuarto otra lucecita que brotaba de una latica de gas a la que llamaban chismosa. Al día siguiente comencé a ejercer como maestra, con un grupo de 35 niños entre las edades de 7 a 14 años, las clases de 1ro. a 4to. grado. La escuela era de piso de cemento, paredes de tablas y techo de guano. Sólo había seis libros para todos y un trozo de hule puesto con clavos en la pared que hacía las veces de pizarrón. Ese era todo el material que contaba para comenzar mis clases, además de las 35 caritas asustadas, las manos sucias y la mayor parte de los pies descalzos.
“Ahí pasé tres cursos escolares, dando los viajes semanalmente, los lunes llegaba y el viernes regresaba a casa, después de galopar a caballo por una hora y media de ida y otra hora y media de vuelta.
“Al cabo de esos tres cursos pasé a otra escuela cerca de Puerto Esperanza, donde vivía mi abuelita. En su casa me pasaba la semana y daba los viajes a caballo al barrio La Mayeta, distante unos cinco kilómetros de donde estaba mi nueva escuela. Compré por cinco pesos un caballo al que llamaban Misicumbia, viejo y cansado. Se sabía el camino de memoria, por lo que me despreocupaba, él sabía el camino que los dos recorríamos, él, deseoso por llegar y comer la fresca hierba que crecía cerca de la escuela.
“Pasó el tiempo, llegaron las Navidades, y era maravilloso ver los campos cubiertos de aguinaldos. Cuando iba para la escuela, yo acercaba el caballo a las cercas de los potreros y arrancaba las ramas de aguinaldo y las colocaba alrededor del cuello del caballo, que no protestaba, y cuando llegaba al colegio, los niños me recibían alegres y riéndose de ver a Misicumbia adornado con flores.
“Una de las cosas que más me gustaba de los viajes a la escuela era que todos los lunes la guagua que me llevaba a Puerto Esperanza tenía que pasar por el Valle de Viñales, que a esa hora de la mañana, desde lo alto de la carretera lucía todo su esplendor de colores variados, roja la tierra, los sembrados de distintos matices de verde y los mogotes brillando con el sol de la mañana como centinelas de tanta belleza”.
Lejos estaba entonces de imaginarse el rumbo que tomaría la vida, la revolución, el exilio a principios de los 60. Cuando se retiró en 1981, después de ejercer el magisterio en Puerto Rico, se dedicó a pintar.
Recuerdo una tarde, cuando faltaba poco para su muerte inesperada, que me acerqué y observé los rasgos que dibujaba su pincel en el lienzo. Entre divertida y extrañada, le pregunté: “¿Hasta cuándo vas a estar pintando palmas?”
“Hasta que las vea moverse”, me respondió ensimismada, como en una meditación.


























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