Roberto de Cesare (Ricardo Darín), dueño de una ferretería en Buenos Aires, tiene temperamento de ermitaño y malhumor de fiera enjaulada. De casualidad, le cae en su camino Jun (Ignacio Huang), un chino que no habla español y del cual no logra deshacerse a menos que lo ponga de patitas en la calle.
Roberto no es tan malo como se pinta, pero está acostumbrado a la soledad y le molesta la presencia de Jun, que vino buscando a un tío que se mudó hace años de la dirección que trae tatuada en el brazo. En la Embajada China y en la comisaría argentina rehúsan hacerse cargo del huérfano que no tiene adónde ir. Por más que le huye, la responsabilidad le toca al ferretero.
En Un cuento chino, con el pésimo título en inglés de Chinese Take Away, el director Sebastián Borensztein le huye a todo sentimentalismo para conseguir una fábula de inesperada conmovedora discreción.
Roberto Darín, en brillante actuación a la inversa, gruñe en rechazo de Mari, la única mujer que ha detectado su oculta nobleza. Y hace lo posible por distanciarse de este chino, a quien le da una semana de plazo para encontrar al supuesto tío desaparecido. La solución le cae a todos del cielo, con una vaca derriscada desde un avión para hundir una canoa en un lago japonés. Es la suprema ironía del destino.
Los últimos, sorpresivos cinco minutos justifican todos los premios que recibió la película, empezando por el Goya madrileño a la Mejor de Iberoamérica. Cuando se teme un final amelcochado para esta amarga comedia de incomunicación, todo termina sin abrazos lacrimosos y con silencioso abrazo de quienes menos se esperaba.•




























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