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Decenas de familias desamparadas ocupan edificio nuevo en Sevilla

 

Los invasores tomaron el edificio a mediados de mayo

 

Varias mujeres cocinan en el apartamento en un edificio nuevo que quedó sin estrenar pr la crisis económica. El grupo de familias ha sido ayudado por el movimiento de los indignados.
Varias mujeres cocinan en el apartamento en un edificio nuevo que quedó sin estrenar pr la crisis económica. El grupo de familias ha sido ayudado por el movimiento de los indignados.
CRISTINA QUICLER / AFP/Getty Images

España

La cocina hormiguea de actividad: las mujeres preparan el almuerzo, lavan platos y friegan. Sin embargo, ésta no es su casa, sino un edificio ocupado de Sevilla en el que viven 32 familias sin hogar.

Organizada por el movimiento social español de los indignados, la colonia irrumpió a mediados de mayo en este edificio nuevo de cuatro plantas, una de esas construcciones vacías fruto de una crisis inmobiliaria que dejó en la calle a miles de familias en España.

“A todas el banco nos ha quitado la casa”, explica Ana López Corrales, de 67 años. “El alquiler, que son 500 euros, no lo podemos pagar porque aquí hay gente que no cobra ni ayuda. Hay madres con dos o tres hijos”, agrega.

“Yo a la calle no me voy. Habiendo este piso vacío, no me meto en una calle”, se rebela esta pequeña mujer de gran energía, mientras cocina la verdura para la comida.

De todas las edades, solas con sus hijos o acompañadas por sus maridos, son mujeres como Ana, luchadoras y decididas, las que lideran el combate en este edificio, vacío desde que su promotor desapareció.

Con su particular habla andaluza, lo bautizaron “la corrala de las vecinas” o “la corrala de la utopía”, y quieren convertirlo en un ejemplo en un país donde cerca de un millón de viviendas están vacías mientras crece el número de expulsiones de familias sobreendeudadas, más de 58,000 en el 2011.

Precisamente Andalucía es una de las regiones más afectadas por la crisis, con cerca de 10,000 expulsiones en el 2011 y un desempleo de más de 33 por ciento.

“Como nosotras habrá muchas”, dice Ana. “Esto es como un ejemplo para que si ven una casa vacía de dos años, o tres años, que se metan”, agrega, llamando a la gente a perder el miedo.

La aventura comenzó con el encuentro entre estas familias, expulsadas de sus hogares o a punto de serlo, y los indignados, activos en todas las ciudades de España.

La operación se preparó en secreto y las viviendas fueron a los casos más graves.

Al principio, “hemos vivido algunos días atrincherados, con las persianas bajadas, sin luz, sin hacer ruido, para organizar la ocupación”, recuerda Aguasanta Quero Reyes, de 38 años.

Ocupa un apartamento en la cuarta planta con su marido y sus tres hijos, de 15, 12 y 8 años, a los que dejó con familiares en el momento de la ocupación.

Finalmente un día, a las 5:30 p.m., todas las persianas del edificio se abrieron al mismo tiempo, con los aplausos de un grupo de manifestantes congregados en la calle.

Ana y su marido de 70 años, en cama desde dos décadas debido a una enfermedad, recibieron el apartamento de muestra, en la primera planta, con la única cocina equipada, que ahora es utilizada por todos.

“Nos hemos conocido aquí” pero “nos llevamos todas muy bien”, explica Ana. “Estamos con todo el apoyo que tenemos de la calle y el apoyo que tenemos aquí adentro”, agrega.

“La policía está consciente de que el día que un juez dé la orden de desalojo tendrán que cumplirla”, asegura Antonio Pérez, un representante de los indignados. Pero “hasta ahora nos protegen”, afirma, aunque nadie sabe por cuánto tiempo.

Mientras tanto, la “corrala de las vecinas” lucha para dar un hogar a sus hijos.

“Lo que estamos buscando es un alquiler bajo que podamos pagar”, dice la hija de Ana López, que también se llama Ana. A sus 35 años, sin trabajo ni marido, se esfuerza por mantener a sus hijos de 18 y 6 años con 426 euros mensuales de ayudas familiares.

Con 29 años, Raquel Machuca Rodríguez dará a luz en septiembre a su cuarto hijo. Cada mañana, acompaña a la escuela a los otros tres, de 13, 9 y 6 años. “No es un futuro muy feliz pero hay que coger el primero que veas”, dice resignada.

Aguasanta, por su parte, comienza a amueblar con cosas recuperadas y se prepara para empezar un nuevo trabajo el lunes, como comercial, por 250 euros al mes.

Sus hijos se instalaron con ella hace dos días. “Cuando llegó mi hijo de 8 años le abrí la puerta, entró y me dijo: ‘muchas gracias mamá por haberme dado un techo digno’”.

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