Ivania Melgar dejó sus muñecas en Chalatenango, El Salvador, cuando tenía 10 años. Su tía le dio una maleta con ropa y le presentó a un joven en Guatemala quien le ayudó a cruzar la frontera con México. Llevaba dos pares de medias para evitar las ampollas. Por un mes, se escondió de la policía en los arbustos y dormía en casas de desconocidos y hoteles.
Durante el viaje para reunirse con sus padres en Estados Unidos, ella y una chica de Guatemala, de 16 años, perdieron el rastro de quien las guiaba en México. Una mujer que se percató que unos hombres querían aprovecharse de la situación de las niñas les dio protección durante una semana.
Ivania dormía en el suelo y dijo que nunca había visto tanta pobreza y generosidad bajo el mismo techo. Sus padres finalmente hicieron los arreglos para que continuara el viaje. Era una noche oscura, cuando otro inmigrante se dio cuenta de que ella no sabía nadar y la ayudó a cruzar el Río Grande.
Había gente haciendo una cadena a cada lado del río, me aferré al hombre mientras el nadaba, relató Ivania. La corriente nos estaba halando, pero lo logramos. Llegamos a Texas.
Ivania, ahora de 18 años, estaba vestida con una bata blanca de graduanda el jueves por la noche. La estudiante de la Escuela Secundaria South Dade tiene un promedio de 5.6 y honores Summa Cum Laude y Baccalaurate Internacional. Marina Melgar, de 39 años, su madre, quien trabaja limpiando casas, estaba a su izquierda y su padre, un jardinero, estaba a su derecha.
Recuerdo cuando iba desde Miami a Texas a recogerla y cuando la vi por primera vez, la abracé y lloramos, afirmó su padre Moisés Melgar, de 39 años. Hoy quiero llorar porque me siento muy orgulloso.
Ivania sostenía las manos de sus padres firmemente mientras entraba a un salón de banquetes en Palmetto Bay Village Center, cerca de Cutler Bay, para el XXVIII Programa Anual de Reconocimiento a estudiantes inmigrantes.
Estoy muy nerviosa, confesó Ivania, quien tenía el promedio más alto de calificaciones de todos los estudiantes presentes. Su discurso estaba preparado en un papel blanco, doblado en su bolsillo.
Alrededor de 600 personas, incluyendo casi 200 estudiantes y sus familias de clase trabajadora, en su mayoría de México y América Central, asistieron a la ceremonia. El banquete, una selección de enchiladas de carne, tacos de pollo y limonada con piña, fue servido al ritmo de cumbia mexicana.
La mayoría de los estudiantes que estaban presentes se graduarán en las próximas semanas de las escuelas secundarias de Homestead y South Dade.
¡Sí se puede! fue el lema de la noche, patrocinado por el Consejo Mexicano-Americano y un programa de las Escuelas Públicas del Condado Miami Dade.
Algunos de los padres de los estudiantes nunca terminaron la escuela secundaria. Miguel Márquez, de 37 años, dejó la escuela cuando estaba en 5to. grado y su esposa María Márquez, de 39 años, estudio hasta 2do. grado. Su hijo, José Márquez, de 17, estudiante de la Escuela Secundaria Homestead, estaba presente para recibir el premio por asistencia perfecta.





























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