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El Museo del Judaísmo marroquí

 

EFE/Reportajes

Para salvaguardar la memoria del judaísmo en Marruecos, un país en el que todavía viven hebreos de origen bereber o sefardí emigrados por todos los continentes, se levanta en Casablanca un museo único en el mundo árabe: el Museo del Judaísmo marroquí.

La memoria judía se ha extinguido por completo en países donde antaño los hebreos fueron numerosos (caso de Yemen o Argelia), y en los demás países árabes, como Túnez o Marruecos, su desaparición se ve casi como inexorable. A título de ejemplo, los 300.000 judíos que vivían en Marruecos en 1950 se han convertido, sesenta años después, en apenas 2,000 personas.

El Museo del Judaísmo marroquí se encuentra casi escondido en el barrio residencial de El Oasis, en el sur de la ciudad, y protegido noche y día por un policía desde que en 2003 la Alianza Israelita de la misma ciudad de Casablanca fuera blanco de un ataque terrorista. En él se puede apreciar lo que un día fue la pujante vida de unos judíos que vivían codo con codo mezclados con sus vecinos árabes.

“Lo que más sorprende a los niños marroquíes que visitan el museo es ver la enorme similitud de los vestidos, las joyas o los objetos domésticos de los judíos con los que usaban sus propias abuelas musulmanas”, comenta Zhor Rehihil, conservadora del museo, subrayando así la total simbiosis en la que los judíos han vivido en Marruecos durante siglos.

En Marruecos ha existido desde tiempos inmemoriales una comunidad judía instalada en todo el país, incluso en remotos valles bereberes (al igual que en Argelia o Túnez).

Esta comunidad recibió a partir de 1492 el ‘aporte’ de decenas de miles de sefardíes expulsados de España que llegaron a Marruecos con la nostalgia de su patria materializada en una llave, la llave de su casa a la que algún día pensaban regresar y que iba siendo heredada de generación en generación.

Los judíos sefardíes, entre los que abundaban apellidos como Toledano, Berdugo o Marciano (probable derivación de "murciano") se establecieron principalmente en medios urbanos: Fez, Marrakech, Tetuán y las grandes ciudades del litoral atlántico: Tánger, Salé, Casablanca o Safi.

Estos judíos sefardíes se aferraron en algunos casos a su vieja lengua española con tanto apego como a sus llaves, tanto que en 1905 el medievalista español Ramón Menéndez Pidal rescató en Chauen antiguos romances que llevaban siglos desaparecidos de la memoria de los españoles pero habían sido transmitidos de generación en generación, durante cuatro siglos, por las comunidades judías.

Más al sur del país, los judíos se mezclaron con las poblaciones árabes o bereberes, y ‘cayeron’, como sus correligionarios del resto del Magreb, en la esfera de influencia francesa cuando Francia colonizó esta parte del mundo entre los siglos XIX y XX.

No por casualidad, una gran parte de la "diáspora" judeomarroquí se estableció en naciones de la órbita francófona, principalmente Francia y Canadá, además de Israel.

De todo esto habla el Museo del Judaísmo marroquí: de la compleja historia e identidad de un pueblo que estableció un modo de vida único e irrepetible.

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