A los amigos no se les abandona en tiempos difíciles, y por eso deseo compartir mi testimonio sobre el cardenal Jaime Ortega.
Alentado por su padre a salir de Cuba cuando era joven, Ortega rechazó la oportunidad. Sin duda, escogía un camino difícil. Enviado a los campos de concentración de la UMAP, la pasó duro. Sin duda, es digno de respeto. Habiendo concluido estudios de Teología en Canadá decidió regresar junto a su pueblo. Sin duda, aceptaba un reto descomunal.
Ortega lleva 48 años de vida sacerdotal dentro de la isla (Matanzas, Pinar, La Habana), 34 de ellos como obispo. Durante ese tiempo, muchos son los artículos y homilías que ha escrito y predicado. Para conocer su pensamiento basta consultar la antología Te baste mi gracia o leer la revista Palabra Nueva. De todo ello subrayo una frase: El Amor todo lo espera. Más fiel a Cristo (Juan, 13, 34; Mateo 5, 44; 1 Cor. 13:4-8), no conozco.
Recientemente, cuando las admirables Damas de Blanco continuaban siendo hostigadas, Ortega personalmente intervino para que se les concediera un poco de espacio. No logró mucho, cierto, pero intentó lo imposible en un país donde la intransigencia es la norma. Luego se interesó por los presos políticos y, al igual que otros hicieron antes -durante Bahía de Cochinos y el Diálogo de 1978- con su mediación obtuvo la excarcelación de muchos. Y que quede claro que Ortega no obligó a nadie a irse de Cuba.
Ortega tiene su estilo, que puede no gustarnos; sus palabras no son siempre las más atinadas; ha tomado medidas con las que yo discrepo. Todo lo cual es bien normal, claro. Pero de ahí a acusarlo de ser lacayo del gobierno, o coronel de la Seguridad del Estado hay un enorme trecho. ¿Se le pudiera pedir más? ¡Por supuesto! Pero, desde mi posición (cómodamente en la barrera, y no en la jaula con los leones), no me siento en condiciones de hacerlo. Al no estar en la trinchera para facilitarle el camino, ni en su retaguardia cubriéndole las espaldas, prefiero darle el beneficio de la duda.
Lo que sí puedo decir es que conozco a Ortega desde hace muchos años y tengo gran admiración por él y su trabajo en condiciones difíciles de imaginar. Lo he acompañado en su recorrido por La Habana al paso de la Virgen y he podido ver la alegría de la gente de a pie al verlo. Un buen pastor.
Por razones de edad, Ortega ya presentó su renuncia al Vaticano y con el tiempo se la aceptarán. El obispo que lo sustituya tendrá la suerte de encontrar una institución a la que se respeta y escucha como nunca antes en medio siglo; un nuevo seminario con varias decenas de jóvenes; un par de sólidas revistas con puntos de vistas alternativos que contribuyen a que la sociedad sea menos monolítica; decenas de obras sociales (asilos, guarderías, comedores, lavanderías) que ayudan a los más desfavorecidos; una pastoral penitenciaria que lleva esperanza a los rincones más oscuros; múltiples espacios para impartir y compartir conocimientos; varias iglesias devueltas luego de cincuenta años en manos ajenas; una nueva casa de ejercicios que construyen los jesuitas; y un pueblo que, dentro de mil dificultades, logra escuchar la palabra de Dios en condiciones menos traumáticas que en años anteriores. O sea, muchísimos cubanos tienen hoy muchísimas más opciones gracias a la labor de Ortega y la Iglesia.
En mis épocas de joven cristiano, la policía atacaba a quienes acompañaban a la Virgen en procesión. Hoy prepara el camino para que Cachita llegue a toda la isla. En los años más terribles se expulsó injustamente a sacerdotes y religiosos. Hoy no son pocos los que logran peregrinar en Cuba. No olvidamos (y en Cuba tampoco) los paredones que sesgaron las vidas de tantos de mis compañeros. Hoy ya no es tan así. Hoy el Estado es más laico que ateo. Hoy la Navidad no es una fiesta clandestina. Hoy muchas personas abiertamente cuelgan imágenes religiosas en las paredes (¡y puertas!) de sus casas o en sus cuellos. Hoy las editoriales oficiales editan antologías de literatura religiosa. Hoy la entrada de Biblias al país no es tan imposible y dos Papas han predicado allá. Aún falta muchísimo -tanto!- por caminar. Pero el 2012 no es 1961.
Para lograr todo esto Ortega (y no solo él) ha tenido, claro, que dialogar con los comunistas. Ellos son El Poder y ese tan complejo como delicado intercambio es ineludible. Pero -ojo- Ortega (y no solo él) lo ha conducido sin hacer concesiones doctrinales o aceptar tutelas improcedentes.
Ojalá, cuando me toque, pudiera yo presentarme al Padre Eterno con una hoja de vida como ésa.
Abogado e investigador residente en Washington, D.C.






















Mi Yahoo