Cuando Obama anunció en junio pasado que retiraría a las 30,000 tropas adicionales que envió a Afganistán para el final de este verano – antes de lo que el ejército quería o esperaba _, parecía que la doctrina estaba con soporte vital. Desde entonces, Petraeus se convirtió en director de la CIA, donde su misión es matar al enemigo en forma encubierta, no ganarse a la gente.
Ahora, a medida que las tropas estadounidenses se dirigen a Estados Unidos desde Afganistán, donde la nueva estrategia será una limitada de perseguir insurgentes, las discusiones en West Point se exponen en colegios de guerra, revistas académicas y libros, y será así por décadas. (Apenas si ha comenzado la discusión sobre si la violencia se redujo en Irak en 2007 debido al incremento en las tropas estadounidenses o por el Despertar de Anbar, cuando las tribus sunitas se volvieron contra la insurgencia.) Para el coronel Gregory A. Daddis, un catedrático de historia en West Point, el debate también se trata del papel del ejército, a medida que se reduce la guerra. “No estamos realmente seguros en este momento para qué es el ejército”.
Para oficiales como el general brigadier H.R. McMaster, gran parte del debate presenta un falso dilema de falacia lógica. McMaster, quien utilizó contrainsurgencia para asegurar la ciudad iraquí de Tal Afar en 2005 y retornó hace poco de Kabul como jefe de una fuerza de tarea para combatir la corrupción, dijo que sin la contrainsurgencia, “Existe una tendencia a usar la aplicación de la fuerza militar como un fin en sí mismo”.
Para John Nagl, un teniente coronel retirado del ejército que peleó en Irak, escribió un libro sobre contrainsurgencia y ahora imparte cátedra en la Academia Naval de Estados Unidos, la política exterior estadounidense debería “asegurar que nunca más tengamos que volver a hacer esto”.
¿Funciona la contrainsurgencia? “Sí”, dijo. “¿Vale la pena lo que se pagó por ella? Esa, es una interrogante totalmente diferente”.





























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