Es sabido que la vida puede culminar en cualquier instante, por cualquier circunstancia. Sabemos, asimismo, que la vida nos lleva por un insólito sendero; un día estamos en la gloria, algo sucede y nos hundimos en la miseria. Igualmente, estamos conscientes de la degradación de algunos seres humanos que llegan a perpetrar bestialidades.
Todo ese conocimiento es teórico, lo sabemos pero no nos roba el sueño porque no nos ha tocado a la puerta.
El reciente episodio de canibalismo que estremeció a la comunidad combina estas tres realidades en su más cruda exposición. Es como un balde de agua fría que nos han echado para ver de cerca una faceta muy oscura de la vida.
Tal vez por ese miedo, en los últimos días en nuestra comunidad han brotado toda clase de prejuicios y fobias, en parte de índole racial, pero principalmente sobre uno de los segmentos de la sociedad más marginado: los desamparados.
Los sentimientos negativos hacia esta vulnerable población no pueden ser explicados lógicamente, en particular es este caso, pues la víctima fue el hombre sin techo, Ronald Poppo. No debe sorprendernos; por lo general, en los sucesos de violencia en los que hay un desamparado involucrado, éste suele ser el agredido, no al revés.
Al menos algo positivo puede salir de esta macabra tragedia: el aprendizaje que obtenemos al analizar los escasos detalles que han salido a relucir de la vida de Poppo. Uno se pregunta cómo un joven graduado de una exclusiva secundaria en Nueva York terminó debajo de un puente en Miami. Es así, cualquiera puede quedar sin hogar, desorientado por siempre.
Vivir sin techo es traumático. Estas personas carecen de la protección de un hogar, de una comunidad; son marginalizadas, aisladas y estigmatizadas.
En Estados Unidos, aproximadamente 671,859 personas carecen de vivienda cualquier noche y alrededor de 1.5 millones usan el sistema de refugios en el curso de un año, según la Alianza Nacional para Poner Fin a la Falta de Hogar. Estas cifras incluyen personas de todos los orígenes. Familias con niños, adultos solteros, ancianos, veteranos y jóvenes. Es un flagelo que prevalece en las zonas rurales, pueblos, barrios suburbanos y grandes ciudades.
No hay que cegarse por el estigma. Ellos no eligen la desdicha. Múltiples causas los llevan a vivir así, como la pérdida de un trabajo o una ejecución hipotecaria. En el caso de los desamparados crónicos, pueden padecer de una enfermedad mental que los separa de sus familias u otros problemas de salud y traumas que los conducen a las drogas para hacer frente al dolor ¿Cómo progresar si ni siquiera obtienen asistencia médica adecuada? En el caso de las mujeres, a menudo son sobrevivientes de violencia doméstica o violación.
Sin embargo, la creencia popular es que la mayoría de las personas sin hogar son drogadictos, vagabundos, ladrones o demasiado perezosos para trabajar. Es un mito. Las ideas sobre quiénes integran esta población relegada y por qué quedan desamparados por tanto tiempo están fundamentadas en percepciones erróneas o en rumores.
Nuestra sociedad castiga a un segmento de la comunidad por el mero hecho de no tener hogar, una adversidad por la que no son culpables.
Estos prejuicios nos distancian y se tornan en impedimentos para ayudarlos a salir de las calles. A eso hay que sumarle la escasez de recursos disponibles para que puedan reconstruir sus vidas.
El costo social y económico de tener personas viviendo en las calles es demasiado alto; los contribuyentes pagamos la cuenta. Sin embargo, la inversión es insuficiente, lo que lleva a algunos desamparados a mendigar en las esquinas y las rampas de las autopistas, en ocasiones para costear sus adicciones, y a dormir en espacios públicos. Al verlos, la gente valida el estereotipo e, inevitablemente, se perpetúa el mito de que todas las personas sin hogar son vagabundos.
Es verdad que algunos desamparados rehúsan aceptar la ayuda que se les ofrece. En el caso de Poppo, de 65 años, en una ocasión lanzó piedras a los trabajadores sociales que lo abordaron. Varias veces se refugió en los albergues locales para luego marcharse. Su comportamiento es incomprensible. Incluso ninguno de sus familiares –que ni siquiera sabían si estaba vivo– ha podido explicar las condiciones que lo llevaron a la espiral de descenso y a separarse de su familia.
Pero no es justo encasillar a los desamparados ni culparlos por un atroz crimen perpetrado por una sola persona. No haría mal un poco de compasión en estos días de turbulencia emocional.

























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