Una de las personas que hizo el resumen de la polémica en torno a Carlos Fuentes en 1988 fue la periodista Marjorie Miller, de Los Angeles Times, que escribió The Fuss Over Fuentes: US Magazine’s Swipe at Author Sets Off an Impassioned Debate in Mexico (19 de septiembre de 1988). Miller entrevistó a León Wieselter, director de la revista The New Republic, quien había publicado el provocador artículo The Guerrilla Dandy, del historiador Enrique Krauze, una crítica a Fuentes.
Wieselter protestó cuando los mexicanos insinuaron que era una conspiración contra Fuentes de Krauze y su mentor Octavio Paz -quien publicó el artículo en Vuelta-, para robarle el posible Premio Nobel. Pero la única razón por la que le había pedido a Krauze este ensayo fue la de presentar otros puntos de vista, afirmó Wieselter, porque Fuentes aparecía como el “mexicano oficial” en Estados Unidos, especialmente después de The Old Gringo (1985), la primera novela de un mexicano en la lista bestseller de The New York Times. Wieselter declaró que eso tenía que ser visto desde otros puntos de vista, y lo hicieron para la fecha de otro libro de Fuentes Myself With Others (1988).
De hecho, Octavio Paz fue el que recibió el Premio Nobel en 1990, que le correspondía desde hacía tiempo, por ser en ese tiempo el líder de las letras mexicanas, y para siempre paladín de la poesía y las teorías estéticas en lengua española.
Pero el tema no era solamente literario. Los escritores son historiadores sui generis, que penetran con sus creaciones artísticas las raíces y desarrollos de las sociedades, pero son también seres políticos con preferencias ideológicas que matizan la visión creadora. Así es como en Latinoamérica los escritores del boom se identificaron de manera romántica con la Revolución Cubana desde el principio. Muchos comenzaron a decepcionarse cuando ocurrieron desmanes contra los literatos. Pero no todos se proclamaron abiertamente en contra. Y aunque en privado dijeran sus críticas al sistema cubano, no lo hicieron de manera pública.
Octavio Paz y Mario Vargas Llosa se destacaron por estar entre los primeros en declarar sobre la falta de libertades en Cuba. De la isla hubo otros escritores, como Guillermo Cabrera Infante, que denunció el gobierno desde Londres, donde se refugió, y José Lezama Lima, que no pudo hablar desde dentro, pero no se plegó a los designios del gobierno.
El boom comenzó más o menos oficialmente con los diálogos de escritores que se sostuvieron desde 1958 a 1962 en la Universidad de Concepción, Chile, invitados por el que sería después poeta nacional de ese país Gonzalo Rojas. El novelista chileno José Donoso, uno de los seguidores del “realismo mágico”, citó estos diálogos refiriéndose al de 1962 como Congreso de Intelectuales. “El tema sobre el cual se volvía y volvía en las sesiones de trabajo, y que predominó en forma clara”, escribió Donoso, “fue la queja general de que los latinoamericanos conocíamos perfectamente las literaturas europeas y norteamericanas, además de las de nuestros propios países, pero que (…) ignorábamos casi completamente las literaturas de los demás países del continente”. (En Historia personal del boom, Barcelona, 1972).
Hilda R. May de Rojas recordó en su libro La poesía de Gonzalo Rojas, ver en Concepción juntos por primera vez a Ernesto Sábato, Alejo Carpentier, Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Jorge Zalamea, José Antonio Portuondo y muchos más.•


























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