Los hechos son conocidos. Un hombre desnudo, Rudy Eugene, atacó a otro comiéndole la cara antes de ser muerto por un policía. ¿Cómo puede haber ocurrido esto? El mal común, diario, silvestre, de todos los días, se complica con la presencia de drogas y alcohol. El suceso del come cara apunta a posesión. El hombre debe de haber estado poseído por alguna droga o combinación de drogas. El análisis toxicológico tomará días pero ya se sabe que tiene arrestos por consumo y venta de marihuana. Su víctima, Ronald Poppo, de 65 años, perdió más de 75% del rostro, incluyendo sus orejas, nariz y ojo izquierdo. Su ojo derecho quedó sobre un montoncito de carne masticada. Era un homeless, un desamparado que pasaba sus días cerca del puente MacArthur, al lado del Miami Herald. Los desamparados son víctimas fáciles. Viven, incluso los que no son consumidores, en una selva urbana de drogas y alcohol. Tengo cierta experiencia en esto.
Las drogas en la calle han cambiado. Cuatro ‘nuevas’ variedades han invadido la realidad. Las listo en orden de menos maligna a más dañina. Primero está el spice, marihuana sintética. Es a la marihuana natural lo que toda una botella de whisky es a una copita de vino dulce. Con la marihuana sintética basta una inhalación para colocar al fumador en órbita de Saturno. Luego vienen tres variedades de speed, velocidad, algo así como cocaína sintética. Una es el llamado éxtasis, que da energía, quita la inhibición y vuelve al usuario un autómata en busca de placer. Crea hambre sexual. Después está el llamado cristal, un éxtasis de efecto multiplicado. La mayoría de usuarios se vuelven sus esclavos.
La tercera variedad se vende como bath salts, sales de baño. Las ‘sales’ unen el efecto energizante del cristal con el alucinante de la mezcalina y el ácido. Despiertan un apetito sexual insaciable. Son drogas, las tres últimas, bajo cuyos efectos el usuario entra a estados de rigidez física y psíquica que los impele al placer. En combinación se vuelven trampa mortal. La combinación más común no es con alcohol. Es con desequilibrio. La gran mayoría mantenemos nuestra estabilidad emocional sobre fallas cercanas a la superficie de nuestro consciente. Son fallas que afloran y explotan con drogas.
Ocurre constantemente. La calle es zona de guerra, con caídos en todos lados. La mayoría de sus habitantes vive con heridas profundas en el alma y su corazón, convertidos en una especie de animal humano del paraje urbano. La segunda combinación más frecuente es de drogas y licor. El alcohol potencia la droga. Cuando se unen droga y licor en una persona con fallas mayores, se produce algo como lo ocurrido. La madrugada del sábado Eugene se dirigió a South Beach, donde se vende cualquier tipo de droga. No es difícil imaginar que haya ido ‘de compras’. Su automóvil fue remolcado de donde lo estacionó. Quedó a pie. Caminando sobre el MacArthur empezó a desnudarse. Las ‘sales’ producen excesivo calor en el cuerpo. Se topó con su víctima. Después de golpearlo le quitó los pantalones. Quienes conocen de drogas ven intención sexual en esto, lo mismo que cuando se puso a comerle la cara. El canibalismo sexual es un fenómeno que fascina a los biólogos. Típicamente, como en el caso de la langosta, pariente del grillo común, la hembra se come la cabeza del macho durante la procreación. El cuerpo decapitado sigue copulando mecánicamente. Así de animal e insectívoro parece haber sido el comportamiento de Rudy Eugene, quien al ser confrontado volteó, gruñó, y siguió comiendo, incluso después de los primeros impactos de bala del oficial que lo mató.
Hay gente que valora el comportamiento insectívoro-sexual. Es, para muchos, el atractivo del speed, que lleva al usuario a un frenesí sexual. Es gente que coloca en sí espíritus químicos en remplazo de su propio espíritu, al que sienten insuficiente en su deseo. Por algo en inglés a las bebidas alcohólicas se les llama spirits. Para aquellos que no crean en el espíritu, allí están los espíritus químicos, que hacen del alcoholismo y la drogadicción una dolencia peor que física, una dolencia espiritual. Lo acontecido con Rudy Eugene, su insectivorización, es un caso de posesión extrema por espíritus químicos. La posesión por parte de sustancias es muy real. Es fácil entenderlo ahora, cuando la memoria de lo acontecido está aun fresca, pero en algunas semanas será como haber predicado en el desierto. ¿Sal? ¿Alguien dijo sal?


























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