El hogar de Ronald Poppo tenía vista al mar. Más grande que un apartamento en Nueva York, contaba con toda una gama de comodidades: un colchón de espuma, agua, radio, libros e incluso lo que algunos podrían considerar obras de arte.
Poppo, el desamparado que hace dos semanas fue víctima de un brutal ataque en el viaducto MacArthur, vivía bajo la escalera número 11 en el estacionamiento de Jungle Island, frente a una marina.
“Aquí había una mansión”, dijo Jairo Mesa, quien trabaja para el Programa de Asistencia a los Desamparados de la Ciudad de Miami.
Mesa, y su compañero de labores, Giancarlo Venturini, responden a llamadas de ayuda que involucran a personas sin hogar. Diariamente lidian con casos similares al de Poppo.
“No puedo ni dar un estimado del número de llamadas diarias que recibimos”, contó Venturini.
Ambos vieron a Poppo al menos en cuatro ocasiones en la zona. La primera vez fue hace aproximadamente un mes. El Programa de Asistencia recibió una llamada en la que se reportaba a un hombre causando alteraciones en el café de Jungle Island. El hombre de la tercera edad gritaba y asustaba a la clientela.
“Cuando llegamos ya no estaba ahí”, explicó Mesa.
Finalmente, encontraron a Poppo debajo de la escalera, furioso.
“Creo que tenía una resaca”, dijo Venturini.
Recordaron que Poppo intentó escupirlos. Pero estaba tan deshidratado que no salía saliva de su boca.
“En verdad lo intentó”, añadió Venturini.
Mesa dijo que tuvo que aparentar que tenía un arma en su bolsa para que Poppo no se le acercara. Al decirle que estaba allanando una propiedad privada y debía irse, Poppo se negó. Entonces Mesa llamó a la policía. Cuando llegaron los agentes, Poppo se encontraba en la parada de autobús y ya no lo podían detener.
Estos episodios fueron constantes en las visitas a Poppo. Cada vez que existía riesgo de que lo detuvieran, el hombre de 65 años se marchaba por su propio pie. Pero tarde o temprano regresaba al mismo punto de siempre.
Ese día, Mesa y Venturini recogieron las posesiones de Poppo y las pusieron en bolsas que dejaron afuera en los basureros. Cuando regresaron la semana siguiente, las bolsas ya no estaban. No se las había llevado el camión de basura: Poppo las había recogido y todo estaba acomodado exactamente igual que antes bajo la escalera 11.
Una vez más, le pidieron a Poppo que se fuera. Le ofrecieron una cama en uno de los refugios para desamparados, pero Poppo volvió a decir que no. De acuerdo con Venturini, Poppo entendía perfectamente lo que se le estaba diciendo.
“Era un hombre inteligente, sin señales de enfermedad mental”, comentó.
Poppo se mostró más amable en la segunda visita. No los insultó y hasta ofreció su nombre.
“Me llamo Ronald”, le dijo a Mesa después de que éste se presentara.
Salvo en la última ocasión que lo vieron, Poppo cuidaba su apariencia. Generalmente estaba rasurado y se veía bien. Tenía cambios de ropa. Sus pies, sin embargo, mostraban las típicas señales de alguien que vive en la calle: mostraban picaduras de insectos y estaban muy lastimados.
“Los tenía bien mal”, dijo Mesa.
El jueves 24 de mayo, dos días antes del fatídico incidente en el que Poppo perdió su rostro, fue la última vez que Mesa y Venturini lo vieron. Ese día, había regresado a sus hábitos de siempre. Se mostró agresivo con ambos.
“¡Muertos, ustedes están muertos!” les gritó.
Ninguno pudo explicar el por qué de los gritos. Tampoco pudieron hacer algo por Poppo, quien siempre se negó a recibir ayuda.
Para el sábado ya era demasiado tarde. Poppo había sido atacado por Rudy Eugene, quien le arrancó buena parte del rostro. Hoy, Poppo sigue luchando por su vida en el Hospital Jackson Memorial.
Según Venturini, quien lleva dos años trabajando en el programa, el caso de Poppo es el primero de violencia contra los desamparados del cual tiene noticia desde que comenzó a trabajar con la Ciudad de Miami.
“La mayoría de las personas los ignoran. Algunos les compran comida porque se sienten culpables”, explicó. Del hogar de Poppo no queda nada. Sólo unos pedazos de cartón y un perchero solitario donde Poppo alguna vez colgó su ropa.






























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