En el principio reinó en toda América Latina el verbo de España, pero sobre todo en Cuba, la joya de su corona. Hubo anécdotas terribles como la quema en la hoguera del indio Hatuey, que de cierta forma define un lado oscuro y superficial de nuestra cubanía, porque el cacique comenzó siendo un símbolo de libertad y terminó siendo una marca de cerveza. Hay también recuerdos hermosos como el de Fray Bartolomé de Las Casas, pero el resultado entre el débito y el crédito de España en América dejó un saldo de horror. Luego la trata de esclavos, donde el mismo Fray que protegió a los indios fue quien catapultó la esclavitud de la raza negra. En fin, que aunque sobre el tema existen tantas opiniones diferentes como exégetas, no fueron tiempos de gloria para Latinoamérica.
Pasó el tiempo, y pasó exactamente un águila sobre el mar. Se fue España con buen tiempo y mala cara de Cuba, tras la derrota del almirante Pascual Cervera y Topete frente al almirante norteamericano Simpson en la bahía de Santiago de Cuba. Y fue triste que la derrota española dejara en el mambí un sabor agridulce, porque después de 30 años de lucha al filo del machete, las tropas bajo las órdenes del presidente William MacKinley prohibieron entrar en Santiago de Cuba a las tropas del generalísimo Calixto García. Luego, la Enmienda Platt de 1898, que hizo ver que algo olía mal en la Dinamarca de Washington. Y seguidamente el Tratado de París, que dejó a nuestra soberanía encuera y con las manos en los bolsillos.
Esto inició en América, la dolorosa época del Big Stick. La represión de los tiranos contra sus pueblos carecía de importancia, la democracia era una pulga dentro del trasero de un elefante. Lo vital era que un grupo de pueblos del Sur obedecieran a un imperio más culto, sofisticado, pero fundamentalmente con más poder militar para proteger los intereses del capital yanqui en ultramar. Fue la época en que ante una visita del dictador Anastasio Somoza a Washington, cuando un periodista le preguntó al presidente Franklin Delano Roosevelt cómo una democracia había recibido a Anastasio Somoza en Washington con bombos y platillos, este le respondió sin ruborizarse: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Decían del presidente Roosevelt que era el Buen Vecino de Latinoamérica, y hoy me digo, del Buen Vecino me libre Dios porque del Mal Vecino me libro yo. Esto no es un artículo de opiniones, es historia. Y entonces siguió un Washington apoyando las botas militares de los Carias en Honduras, los Trujillo, los Martínez de El Salvador, los Pérez Jiménez y los Batista.
Y es cierto que hubo una rectificación de 1959 a la fecha, rectificación total, se comenzó a defender la democracia y a los demócratas latinoamericanos desde Washington, y quizás fue Fidel Castro quien dio el campanazo de alerta que transformó las mentalidades de los burócratas del Departamento de Estado. Ahora no sé si decir con cierta teatralidad que fue demasiado tarde porque se inició un nuevo ciclo. Llegó la Tricontinental, guerrillas enloquecidas tratando de derrocar a gobiernos elegidos por el voto popular. El Che diciendo algo inaudito: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones y nos convierte en una eficaz, violenta y selectiva máquina de matar”. Y finalmente la postdata de esta carta, el libro del escritor uruguayo Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina, un canto al antiimperialismo, que su veneno no disminuye su brillantez.
Pero como dijo Heráclito de Efeso todo fluye, y tras el reinado de España, el Big Stick y las guerrillas, surgió un nuevo modelo, un nuevo ataque por el flanco izquierdo del castrismo y otras hierbas aromáticas. Se trata de las dictademos, dictaduras disfrazadas de democracia que substituyeron genialmente al golpe de Estado. El golpe no era necesario. La estrategia es bien simple, derrocar presidentes a la fuerza es grosero, se trata de obtener el poder con elecciones mediante consignas populistas, y luego someter al país repartiendo billete, controlando el sistema de justicia, el Tribunal Supremo Electoral y las fuerzas represivas y tratando de destruir la libertad de prensa.
Las dictademo se está produciendo con diferentes matices en Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Argentina, e irónicamente todos ellos no dicen, pero piensan como Franklin Delano Roosevelt: “Sabemos que Fidel Castro es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.


























Mi Yahoo