Me habían advertido que era un cascarrabias contumaz, insufrible e imprevisible. Que debía andar con pies de plomo, pues no admitiría el más mínimo desliz. Cierta vez, me tocó moderar la presentación del escritor cubano Lorenzo García Vega en la Feria Internacional del Libro de Miami y confieso que lo hice, al principio, ciñéndome al oficio y esperando el desaguisado público que nunca ocurrió.
No obstante ser uno de los fundadores del afamado grupo Orígenes, en Cuba, su impronta literaria había sido borrada del mapa cultural por haber tomado temprano el camino del exilio y no ceder a posteriores manipulaciones para su redención oficial.
Ciertamente ni Pepe Rodríguez Feo, uno de los fundadores de Orígenes junto a Lezama Lima y con quien sostuve larga y entrañable amistad, nunca lo trajo a colación. Es verdad que, en nuestro caso, hablábamos más de cine que de otra cosa aunque siempre el astuto anciano se las arreglaba para aderezar sus conversaciones con algún que otro chisme recóndito del mundillo literario nacional.
Ya en Miami, me contagié de la devoción que profesaba Antonio José Ponte por tan excepcional escritor en la literatura cubana. Con el tiempo, sus textos sobre García Vega han servido para dilucidar, puntualmente, las contribuciones estéticas y éticas del poeta a una cultura fracturada.
Resultaba insólito que alguna vez, García Vega había sido uno de esos caballerosos longevos cubanos que en la caja registradora te embolsan los víveres comprados en el supermercado.
Después comprendí que el simple oficio de empaquetar, donde los alimentos requieren ser colocados con alguna lógica interna, para no ser dañados, que va de productos pesados a livianos, así como el breve intervalo de conversación ocasional que suele entablar el empleado con el cliente que solicita ayuda para llevar su mercancía al automóvil le acentuaron, tal vez, en las postrimerías, la dimensión antilírica que caracterizó su escritura.
Desde el comienzo de su carrera, vislumbró que el ejercicio de la libertad no se anda con miramientos y se distanció temprano de la ignominia para practicar el libre albedrío como ningún otro de los miembros de su grupo intelectual original.
Basta ver una foto recientemente divulgada de quien ahora es la única sobreviviente de los origenistas fundadores, Fina García Marruz, en un deplorable sarao político celebrando, por encargo gubernamental, el cumpleaños de la madre de uno de los espías cubanos presos en los Estados Unidos y que el gobierno de Cuba, junto a sus adláteres, entre los cuales figura la reconocida poeta, consideran héroes.
A los pocos minutos de presentar a Lorenzo García aquella noche de Feria del Libro en Miami me di cuenta que los temores iniciales eran infundados. Fue cordial desde el saludo inicial hasta la despedida que pareció de viejos amigos. Nada de política ni de nostalgia. Al grano con sus impenitentes versos y todo el tiempo del mundo para responder las preguntas de sus contertulios. Se reveló enseguida como el escritor que hizo lo que le vino en gana durante su larga y solitaria carrera, actitud de la cual, por cierto, está muy urgida la intelectualidad de la isla adormilada en su desesperanza.
Se fue de este mundo como vivió, sin aspavientos, seguro de haberle jugado una mala pasada a los traspiés de la política y a todos aquellos que pusieron en duda su probada universalidad.



























Mi Yahoo