Sólo una ostensible superficialidad llevaría a alguien a juzgar la monarquía británica como una costosa payasada o una especie de carnaval para consumo de turistas. El grandioso espectáculo con que durante cuatro días seguidos una nación entera ha celebrado el llamado jubileo de diamante de la reina Isabel II (los sesenta años de su ascensión al trono) bastaría para cerrarle la boca. Es mejor y más sabio, me parece a mí, que desde la incomprensión que siempre tiene otra cultura, además de nuestro arraigado republicanismo, optemos por preguntarnos, no sin asombro, qué valores encarna esta anciana y qué mística la sustenta para que, luego de estar seis décadas como cabeza visible de un Estado (que resulta ser una de las sociedades más adelantadas de la tierra), mantenga tan alto nivel de popularidad (el 80% según las últimas encuestas) y sea prácticamente venerada por su pueblo.
Reconozcamos, en primer lugar, que no sabemos, que es lo primero que tendrían que haber hecho muchos comentaristas extranjeros, sobre todo de la televisión de EE.UU., que han cubierto los eventos de estos últimos días en Londres con ligereza, aunque los haya movido la simpatía. Es cierto que los ingleses son famosos por la primorosa liturgia de sus actos públicos, por la escrupulosa coreografía de sus ceremonias de Estado (sean coronaciones, bodas, revistas militares o funerales), pero erraría quien juzgara estos eventos con el mismo rasero del Desfile de las Rosas de Pasadena, California, o con uno de esos parades que llenan la Quinta Avenida de Nueva York en el verano.
Aquí estamos en presencia de otro fenómeno al que deberíamos acercarnos con respetuosa curiosidad, por su carácter único, por su esencia profundamente religiosa. De la mejor manera posible vinculada a la práctica de una democracia moderna la monarquía ha sobrevivido en Gran Bretaña, y ha sobrevivido como en ningún otro lugar de Europa. Viendo las fiestas del pasado fin de semana, un amigo me decía, qué envidia deben estar sintiendo los reyes de España. Ciertamente, y los de Suecia, Bélgica, Países Bajos, etc., pálidas sombras de una estirpe cansada, meros funcionarios burgueses con un título más o menos respetable o pomposo. Sólo en Gran Bretaña perdura la magia de la institución, que evoca ancestrales hábitos y antiquísimas lealtades y que se reafirma, como hemos podido ver, en una comunión genuina y medularmente popular.
El elitismo de la monarquía británica sus palacios, sus criados, sus coches, sus joyas es sólo aparente. El monarca a diario valida sus funciones como encarnación de todo un pueblo, como rostro de la nación, continuidad viva de su historia. Él o ella es el vínculo con las generaciones anteriores, con ese tiempo que ya sólo se recuerda en algunos textos, en algunos edificios, en algunos ritos; su sola existencia es afirmación de una identidad perdurable que da continuidad a un oficio al que se accede por la sangre. Esto, sin duda, es un vínculo atávico que no puede descartarse con la etiqueta de una mascarada, sino que se explica más bien con la emoción que suscita un culto con auténticas credenciales de antigüedad que, sin embargo, se robustece en su alianza con el mundo de hoy.
Cuando ascendió al trono hace seis décadas, Isabel II, entonces una mujer de 26 años, entendió el papel que le tocaba desempeñar y lo aceptó, con excepcional sentido del deber, como una tarea para el resto de su vida. Sesenta años después, en esta magna celebración de su jubileo de diamante, a lo que hemos asistido realmente es a una multitudinaria ceremonia de reconocimiento y de renovación de votos. Una fiesta religiosa que, para muchos y vista desde fuera, resulta muy difícil entender.
© Echerri 2012


























Mi Yahoo