No dejan de sorprendernos las noticias y las imágenes que estamos recibiendo desde Siria durante los últimos meses, donde casi 10,000 personas han muerte como consecuencia de la brutalidad represiva del gobierno del dictador Bashar al-Assad.
Un nuevo punto de inflexión en esta trama maquiavélica es la reciente masacre de Houla, donde más de 120 individuos, entre ellos por lo menos 49 niños, han sido salvajemente asesinados.
Los esfuerzos de Naciones Unidas en detener esta historia de violencia sin límites ni escrúpulos, lisa y llanamente han fracasado. El plan de Koffi Annan, ex secretario general de la ONU, que supuestamente había logrado el acuerdo del gobierno sirio a un alto al fuego y cese de los ataques en contra de los opositores, se ha desmoronado y ha perdido toda credibilidad.
La violencia del gobierno sirio ha superado los límites escandalosos, reinstalando el cuestionamiento en la comunidad internacional sobre quién protege a las víctimas civiles de un gobierno autoritario y asesino aferrado a utilizar todos los medios existentes con el fin de consolidarse en el poder.
La abierta complicidad de Teherán con su aliado y socio Assad se ha convertido en un factor necesario para la ejecución de esta carnicería humana.
¿Pueden acaso las Naciones Unidas, integradas por varias dictaduras de todo tipo y color, garantizar el respeto a los derechos humanos en otros países, cuando son ellas mismas las que abusan de estos derechos como parte integral de sus políticas de represión doméstica? ¿Es posible que el Consejo de Seguridad demande y exija el cumplimento de un cese al fuego a Damasco, cuando es Rusia, miembro permanente de este Consejo, el principal exportador de armas al régimen sirio?
La necesidad de remover del poder al presidente Assad es una condición hoy ya demostrada para acabar con las terribles masacres y lograr una pacificación futura en la nación siria. Pero como hemos observado, esto no sucederá mientras la comunidad internacional no asuma un compromiso más enérgico en aislar y presionar al régimen que se lleva consigo el lamentable título de haberse convertido en la dictadura más violenta y asesina del convulsionado Medio Oriente durante los últimos meses.
La expulsión de los embajadores sirios de varios países, entre ellos Alemania, Australia, Canadá, España, Francia, Italia y Estados Unidos, es un paso en la dirección correcta, pero ciertamente no suficiente para detener la masacre de la población siria indefensa.
No mantenernos en silencio mientras otros son salvajemente humillados, maltratados y asesinados es nuestra responsabilidad como hombres íntegros y libres, garantes todos de un mundo que no ha entendido aún las lecciones para exigir un contundente Nunca Más.
Director Asociado en Miami del Instituto Latino y Latinoamericano del AJC (American Jewish Committee).


























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