Alguien ha comparado a Elena con Clitemnestra, pero su desesperación no es de tragedia griega, sino apremios de dinero en el codicioso Moscú post-soviético. Elena (Nadezhda Markina), cincuentona ex enfermera de origen proletario, se ha casado con el ricacho Vladmir (Andrey Smirnov) y viven en un apartamento palaciego al doblar del Kremlin.
Ambos tienen hijos de previos matrimonios. Vladimir está distanciado de Katerina (Elena Lyadova) que sólo se aprovecha de la sustanciosa mensualidad que de él recibe. Cuando el padre sufre un ataque cardíaco, se reconcilia con Katerina y planea dejarla como principal heredera en su testamento. Elena se casó con Vladimir hace diez años, cuando lo atendió de peritonitis en un hospital. Nunca lo amó y siempre ha esperado quedarse con su fortuna para ayudar a los suyos.
Elena tiene un hijo y dos nietos, el mayor de los cuales irá al servicio militar si la abuela no paga para que pueda continuar sus estudios. Vladimir le niega ayuda y Elena, que le suministra las medicinas, decide mandarlo al otro mundo después de quemar el proyecto de nuevo testamento un día antes de que llegue el abogado.
En Elena, el director Andrei Zvyagintsev desgrana esta historia de crimen sin castigo en sutil estilo a lo Hitchcock, reforzado por sinuosa música de la Tercera Sinfonía de Philip Glass. Al final, Elena defrauda a Katerina y muda su familia a la suntuosa morada de Vladimir. Según el guión de Oleg Negin, es el perverso precio de engendrar mala semilla en un mundo que, en el presagio de Katerina, pronto se va a acabar.•




























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