El año pasado, Michael Fassbender dio una clase magistral de actuación, ya que pasó de interpretar a un conflictivo superhéroe como Magneto en X-Men: First Class a hacer el papel de un galán clásico en la nueva versión de Jane Eyre que dirigió Cary Fukunama. Luego, en A Dangerous Method, se convirtió en un Carl Jung tan interesado en explorar sus necesidades íntimas como la mente humana, concluyendo el año de la mejor manera encarnando al adicto sexual que no logra resolver sus contradicciones en Shame.
Aunque no logró obtener la nominación al Oscar que todos auguraban por ese trabajo, Fassbender podría haber recibido el galardón al actor que mas rápido ascendió a lo largo de ese año. Algo que el nativo de Heidelberg, Alemania, no necesariamente ve de esa manera.
“He estado trabajando sin cesar desde que tengo 17 años y ya he cumplido 35”, advierte en entrevista exclusiva. “Un actor se prepara durante toda su carrera para llegar a ese momento en el que aparece la gran oportunidad, ésa es la meta y ése el gran sueño. Trabajar con directores como David Cronenberg, Steven Soderbergh, Ridley Scott, Steve McQueen, Matthew Vaughn, Andrea Arnold o Quentin Tarantino es verdaderamente increíble. Cuando lo pienso un poco no puedo creer que haya tenido la oportunidad de codearme con semejantes maestros”.
Hijo de un alemán y una irlandesa, Michael creció soñando con ser músico de rock mientras ayudaba en el restaurante que tenían sus padres en Killarney, en Irlanda, adonde la familia se mudó cuando él tenía dos años. Pronto se dio cuenta de que su futuro no pasaba por la música, pero en el teatro el éxito tardó mucho en llegar. Tras años de golpear puertas, todo se dio de repente cuando el director Steve McQueen, el mismo que lo dirigió en Shame, le dio el papel principal en Hunger, gracias al cual se convirtió en el actor que todos querían contratar. “Fue asombroso que Steve se arriesgara y me diera una oportunidad”, explica. “Un año después, las condiciones en el mundo cambiaron y hubiese sido imposible que le dieran el dinero para filmarla con un actor desconocido. Sin duda, uno debe tener la suerte de encontrarse en el lugar indicado en el momento indicado”.
Fassbender está en Londres promocionando Prometheus, otro proyecto soñado, el filme que le pone un inicio a la franquicia de Alien y que marca el retorno de Ridley Scott al mundo que creó hace 33 años. Trabajar en la película que llega hoy a las carteleras fue sin duda una oportunidad soñada, algo que jamás podría haber imaginado hace cinco años. “Durante el rodaje tuve que pellizcarme muchas veces”, admite. “Es algo que me ha pasado una y otra vez durante los últimos dos años. Fue un verdadero lujo poder estar en un set como ése, con Ridley como director. Poder caminar por un set que reproduce meticulosamente una nave espacial es una oportunidad muy rara, y no creo que sea algo que se vuelva a repetir. Especialmente teniendo en cuenta que la norma hoy en las películas fantásticas es filmarlo todo con pantallas verdes y crear lo que falta luego en CGI [imágenes generadas por computadora]”.
En el filme, realizado con un presupuesto estimado en $200 millones, Fassbender interpreta a un robot llamado David, que acompaña a una tripulación humana a uno de los confines del Universo para tratar de encontrar la clave del origen de nuestra especie. Sin duda su personaje es uno de los mayores atractivos de la historia, ya que nunca queda en claro si su comportamiento responde al software que lleva instalado o si ha evolucionado por cuenta propia. “Había ciertos elementos en el guión en donde deliberadamente intentamos no dar respuestas claras, para que el espectador se haga preguntas. No se sabe si David está siendo vengativo o hace las cosas en beneficio de la ciencia. De todos modos, yo creo que lo que lo motiva es la búsqueda de información. Pero eso no quita que disfrute de hacer ciertas cosas que lo ayudan a cumplir con su objetivo”, dice.
Tal vez la clave del espectacular momento por el que Fassbender está pasando es que sigue comportándose como cuando se ganaba la vida atendiendo la barra en un bar londinense. “No tiene sentido prestarle atención a todo este frenesí que se ha generado a mi alrededor, porque lo que verdaderamente cuenta es mi labor”, declara. “Mi cabeza está puesta en decidir mis próximos proyectos, y soy feliz cuando puedo llevar una vida normal. Tengo 35 años, no 21, y a esta edad lo que más me tienta es trabajar”.•


























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