Hay una foto, tomada el 8 de junio de 1972 por Nick Ut, de la agencia de noticias AP, que sacudió la conciencia del mundo: la de la niña del napalm durante la guerra de Vietnam.
Aquella criatura de 9 años a la que los proyectiles dejados caer por la aviación norteamericana le cocinaron la espalda y parte de un brazo huía desnuda, despavorida, de un infierno que no podía comprender, acompañada en la carrera por otros niños aterrorizados igual, aunque vestidos.
Esa imagen, junto a otra de un terrorista urbano sorprendido por un coronel en una calle de Saigón y ajusticiado in situ, fueron las dos fotografías más poderosas de la propaganda bolchevique para que los Estados Unidos perdieran en los campuses universitarios yanquis una guerra que libraban al otro extremo del planeta y en cuyo transcurso habían ganado todas las batallas.
La niña quedó traumatizada. Se llamaba Kim Phuc y aquel espanto la persiguió años doquiera que fue. Hasta cuando dormía, pues se veía a sí misma en sueños por culpa de esa foto sensacional que el mundo entero había visto, ella por supuesto mil veces, que no le permitía olvidar la pesadilla.
Intentando superarla se convirtió al cristianismo. Intentando superarla decidió estudiar medicina, a lo mejor esperanzada en quitarse las cicatrices que tanto detestaba. Pero el partido comunista decidió que más provechoso sería, mediante charlas y cosas así, si servía como publicidad viviente de los desmanes a que es capaz de llegar el imperialismo en su afán de dominar el mundo.
La estuvieron utilizando de esa forma hasta que Phan Van Dong, por entonces primer ministro, coincidió con ella en una actividad, la conoció, le simpatizó, la prohijó y le dijo que escogiera qué hacer con su vida.
Y Kim Phuc eligió ir a estudiar a Cuba, donde la prodigiosa medicina cubana, que se estaba convirtiendo en la mejor del mundo –o por lo menos era lo que decía la propaganda castrista– le curarían el cuerpo y el alma. Allá en el Caribe, al calor tropical, Kim Phuc se recuperaría, encontraría la sanación. Era su última esperanza.
Encontró calor en Cuba, por supuesto, y hasta amor. Porque conoció a Bui Huy Toan, becario vietnamita al que las quemaduras de ella no le importaban en absoluto. Y, puesto que ya eran adultos, pudieron al fin entender qué era eso de que tanto habían oído hablar, el “paraíso socialista”. Eso que el tío Ho había implantado en Vietnam y el compañero Fidel seguía instaurando en la isla. De modo que a la primera oportunidad que se les presentó, ya casados y con motivo del viaje de luna de miel a Vietnam, salieron pitando y pidieron asilo en Gander durante la escala técnica que hizo el avión.
Hoy viven en Canadá, son ciudadanos de ese país, ella está mentalmente sana, y tienen hijos. La AP reproduce ahora con orgullo la foto y es justo que así sea. Y nos da la oportunidad de recordar que hasta las historias más tremendas pueden tener un final feliz.
Analista político.
© Firmas Press




























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