Ante sus ojos y los del mundo, Guillermo Rigondeaux había ganado su pelea por un título mundial contra el panameño Ricardo Córdoba. Ante los de la televisión y parte de la crítica especializada, quedó a deber. En su primera aparición en una cartelera de élite como la de Manny Pacquiao y Antonio Margarito en el Cowboy Stadium de Dallas el 13 de noviembre del 2010, el cubano aprendió una lección: la técnica vale mucho, la agresividad vale más.
Casi dos años después, no está dispuesto a cometer el mismo error. Rigondeaux regresa este sábado a un programa del legendario filipino, con el convencimiento de que su actuación debe ser fulminante, cautivadora, convincente. Su rival, Teon Kennedy, parece la víctima perfecta. Se trata de un hombre que ataca con cierta desorganización, vulnerable al contraataque, el arma favorita del santiaguero.
Desde el punto de vista puramente competitivo, Kennedy no luce alguien capaz de poner en peligro a Rigondeaux. Desde el punto de vista de la promoción, esta pelea pudiera decidir los próximos horizontes y bolsas del doble campeón olímpico. Tendría, incluso, mayor significado que el triunfo sobre Rico Ramos para asegurar la faja de las 122 libras de la Asociación Mundial del Boxeo. Así de importante es.
Rigondeaux y su campamento han hecho esfuerzos grandes, me consta, por atraer a un ring a los otros campeones de la división. Ya se trate del también filipino Nonito Donaire, el japonés Toshiaki Nishioka, el sudafricano Jeffrey Mathebula e incluso el mexicano Abner Mares. Hasta ahora nada de nada. Es una mezcla de cierto temor con realidades financieras y logísticas que todavía no cuadran. Muchos del peso súper gallo no consideran al cubano como el candidato ideal para aumentar una carrera. Al contrario, tendrían mucho que perder. Por eso lo circundan como tiburones pero sin atreverse a atacar. Aún no les llama el olor de la sangre.
Cobardes fue la palabra exacta de Rigondeaux. Calculadores, diría yo.
Kennedy no pertenece a esta camada. Viene de perder dos peleas y posee el descaro suficiente para aceptar el reto. Para él sí vale la pena. Televisión nacional, publicidad, una bolsa decente y el sueño lejano de que algún golpe suyo impacte al cubano de mala manera. No creo que suceda, pero sorpresas mayores se han visto en este deporte como para descartarlas.
A Rigondeaux no le queda otro camino que terminar su combate rápido y potente, con una ferocidad que levante de sus asientos a los aficionados en el MGM Resort and Casino de Las Vegas. No se trata de que abandone su técnica exquisita, su defensa casi infranqueable, sino que salga con mentalidad agresiva a lo LeBron James, para usar un símil humano de otro deporte- y saque de paso a este muchacho de Filadelfia que sí parece captar el sentido de la oportunidad.
Ya se le escapó una vez, porque aquella decisión dividida a su favor contra Córdoba, al parecer no fue de todo el agrado de los jerarcas de HBO. No por casualidad la primera defensa de su título interino la tuvo que hacer en Irlanda contra un don nadie como Willie Casey. Pero en Dublin Rigondeaux fue otro con un nocaut en el mismo primer asalto. Como debe ser. Como quiere la TV, ama y señora del Boxeo.
Su éxito, también por la vía rápida ante Ramos, le abrió las puertas de una pelea en el mismo cuadrilátero del Pacman quien se mide a Timothy Bradley- y delante de una audiencia millonaria. Una derrota, algo que, repito, no espero, o una actuación letárgica y poco efectiva le enviaría a la Siberia para su próximo duelo. Ganar está bien, convencer sería mejor. La oportunidad se pinta sola.




























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