Las elecciones que se celebrarán en México en menos de un mes confirman fenómenos ya apreciados en Perú y Colombia, por mencionar sólo aquellos donde disputaron tendencias políticas en principio excluyentes, pero al final incluyentes. El avance del PRD con López Obrador en el último mes ha sido impresionante, pero no inédito. Pasó casi lo mismo en Perú, donde Ollanta Humala saltó del cuarto lugar que registraban las encuestas al primero, con la particularidad de que en la segunda vuelta no hubo el esperado “todos contra Ollanta” porque la racionalidad se impuso. Humala ha seguido en lo fundamental el camino de progreso que mantiene a Perú en crecimiento continuo.
En el país azteca pudiera ocurrir algo similar para el caso de que sea AMLO el vencedor. Hasta semanas atrás nadie pensaba en una posibilidad como esa pero su avance ha sido notable en paralelo con la caída de Peña Nieto. La encuesta del diario Reforma pone la diferencia en 4 puntos, cerca de un empate técnico. No sé si en la segunda vuelta mexicana se producirá un agrupamiento del PAN y el PRI para contener a la izquierda perredista. El llamado del ex presidente Fox –cuyo peso en el partido de gobierno es significativo– urgiendo a votar por Peña Nieto, podría apuntar en tal dirección. Fox perjudicó a su compañera de partido Josefina Vásquez Mota sin que pueda calibrarse si ayudó a mantener el favoritismo del abanderado del PRI.
México, más todavía que Perú, está básicamente bien y en crecimiento, por sobre sus célebres problemas de inseguridad y narcotráfico. Es la segunda economía de Latinoamérica. Es difícil imaginar que López Obrador, en ejercicio de la presidencia, siga el desastroso camino de Venezuela en lugar de optar por los exitosos modelos de Brasil, Perú, Colombia o Chile.
Lo que se debate en las elecciones del 7 de octubre en Venezuela es más dilemático, menos ambiguo o impreciso. El candidato de la violencia está en el poder. Su juego es ya claro y su desempeño en la Asamblea General de la OEA revela la consistencia de su marcha hacia la autocracia y la exclusión. Dadas las condiciones de salud del presidente, que han puesto en duda incluso su permanencia en el poder para el caso de que ganara la confrontación, el régimen utiliza sus colosales disponibilidades de dinero y se vale de un ventajismo sin precedentes para sustraer la campaña de su territorio natural, que es la calle, en directo contacto con la gente, en aras de la sobreexposición mediática y la manipulación de encuestas. Dado que el avance del candidato de la Unidad Democrática, Capriles Radonski, es ciertamente notable y lleva las características de un fenómeno electoral, el mando oficialista intentó marrulleramente convencer a la propia oposición y al mundo de que la victoria de Chávez estaba cantada con ventaja abrumadora.
Compensar en el escenario mediático lo que ostensiblemente está perdiendo en las calles, define el tipo de campaña que despliega el gobierno. Es lo virtual de las pantallas mediáticas contra lo real de los barrios, donde Capriles se encuentra peleando solo, como pez en el agua.




























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