Hacia mediados de la década de los años 40 apareció un meteoro en el firmamento de las artes: se llamaba Jackson Pollock (1912-1956). Era una época en que los pintores de la llamada escuela de New York debatían entre continuar explorando los caminos de los mitos americanos, o romper con las estructuras figurativas impuestas por los pintores regionalistas estadounidenses. En ese debate entraron los surrealistas, que le aportaron a muchos de esos pintores -Pollock entre ellos- un valioso instrumento: el automatismo. Por otra parte la presencia de los muralistas mexicanos puso a la disposición de éstos técnicas que supieron utilizar con provecho. De nuevo Pollock aparece como uno de los pintores que observara con detenimiento, en 1930, el mural Prometeo de José Clemente Orozco, el pintor mexicano que más cerca se encontraba a su sensibilidad. Acaba precisamente de abrirse una exposición en el Hood Museum of Art titulada Men of Fire: José Clemente Orozco and Jackson Pollock. La muestra, dedicada al centenario de su nacimiento, solo se atiene a un período de su creación antes de que entrara de lleno en los laberintos de sus drippings o all over paintings que los críticos Harold Rosenberg y Clement Greenberg aplaudieran con devoción. La imaginería que el pintor nacido en Cody, Wyoming en 1912 creara a partir de 1947, ha recorrido el mundo entero. Detrás de esas chorretadas suyas, que muchos confundieron con un simple caos provocando la cólera del pintor, comenzó a urdirse una leyenda que terminó en las pantallas hollywoodenses con Ed Harris a la cabeza de un reparto estelar. No es a ese personaje alcohólico que murió estrellando su auto con un árbol, al que me voy a referir.
El proceso de aprendizaje de Pollock como pintor transcurre bajo las experiencias del mencionado Orozco, después la de Siqueiros y Thomas Hart Benton, cuyas clases de muralismo Pollock frecuentara. Pronto sus inquietudes comenzaron a aflorar al extremo que necesitó la ayuda del análisis junguiano al cual se sometiera durante años. Jung fue también un punto de partida, removiendo en él los arquetipos anidados en su subconsciente, arquetipos que por lo demás viera representarse en el arte de los nativos americanos. En 1941 visita la influyente exhibición del Museum of Modern Art: Indian Art of the United States donde tuvo la oportunidad de observar a los indios navajos realizar unas de sus pinturas en la arena. De los muralistas mexicanos pasa por lo tanto a los creadores de mitos, con Jung y Frazer susurrándole a los oídos sus teorías sobre los mismos. Fue en ese momento que los surrealistas llegan a New York: Breton, Matta y Masson, sobre todo estos dos últimos, practicantes del automatismo e interesados en el mundo de los mitos. Otro personaje entra también en escena: John Graham de origen ruso, teórico versado en las artes primitivas y en el surrealismo. Graham le transmite sus ideas sobre la importancia de los símbolos presentes en todas las sociedades primitivas. Con esos elementos, y el impacto que tuvo para él el Guernica de Picasso que se exhibiera en Nueva York, Pollock compuso su mundo inicial.
Los pintores conocidos como Myth-Makers: Rothko, Gottlieb, Newman y Pollock sobre todo, comenzaron a trabajar bajo el influjo de imágenes y teorías que iban tejiendo un mundo visual donde algunos surrealistas: Matta, Masson, Miró, Seligmann y Donati, comenzaron a hacer sentir su presencia. Ese mundo le sirvió a Pollock como catalizador de su mirada interior, que fue la que en definitiva le mostrara las posibilidades plásticas y gestuales del arte de los nativos americanos. Una exposición que se abriera en 1988 en la Pinacothéque de París titulada Jackson Pollock et le Chamanisme hizo hincapié sobre ese hecho, mostrando lado a lado de sus pinturas, toda suerte de máscaras, tótems y otros objetos de los indios, sin olvidar la presencia de André Masson el surrealista que más le ayudara a comprender los secretos del automatismo.
A los 100 años de su nacimiento la leyenda que se ha fraguado en torno a su estilo de vida, ha servido para confundir el alcance profundo de su obra. Como es natural, los precios de sus cuadros han reflejado ese aspecto anecdótico de su producción, olvidando el valor de la misma. Lo que de aquí al próximo bicentenario se diga de su obra, si es que para esa fecha el idioma hablado y escrito todavía existe, deberá tener en cuenta que este artista salido de las inmensidades de un estado -Wyoming- que sirvió como escenario para películas de cowboys, rescató la fuerza telúrica de su naturaleza y la de los indios que la poblaron. Pollock tenía conciencia de ello, y quizás si por eso tuvo necesidad de terminar expresándose en lo que él llamó su “caos organizado”. Pero con anterioridad y antes de sumergirse en el mismo, Pollock pintó una serie de cuadros cuyas imágenes se encuentran insertas en la historia de uno de los momentos más apasionantes de la pintura moderna. •
Carlos M. Luis es historiador de arte, escritor, curador y conferencista en galerías y museos.




























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