Carlos Fuentes se integró rápidamente al movimiento del boom de narradores latinoamericanos que buscaban un nuevo lenguaje común al continente, como precisó José Donoso en Historia personal del boom (Barcelona, 1972).
En cierto modo este propósito recordó a otro movimiento literario continental en que los poetas decidieron innovar el lenguaje y hacerlo original del “nuevo mundo”. Fue el modernismo latinoamericano de fines del siglo XIX, que incluyó a escritores preocupados con toda Latinoamérica, como Rubén Darío y José Martí.
Pero el boom no significó que los escritores no se inspiraran en sus experiencias nacionales. Ni Gabriel García Márquez dejaría a Macondo, su propio pueblo mágico Aracataca; ni Cabrera Infante a La Habana, su infinita ciudad; ni Carlos Fuentes a “la región más transparente”, la indefinible y abigarrada México D.F.
No sólo fue escritor de ficciones, sino que Fuentes teorizó e historió la trayectoria de La gran novela latinoamericana (2011), en uno de sus últimos libros de ensayo. “Cada lector crea su libro, traduciendo el acto finito de escribir en el acto infinito de leer”, afirmó. Antes aun que Donoso, Fuentes había escrito ya sus teorías sobre La nueva novela hispanoamericana (en 1969).
Si durante el modernismo los modelos llegaron de París, entre ellos los poetas Charles Baudelaire y Paul Verlaine, en el boom fue un novelista sureño norteamericano, William Faulkner, creador de una región mítica, Yoknapatawpha County.
El “modernismo” latinoamericano del siglo XIX, en una rebelión contra el realismo decimonono, se había desplazado al mundo urbano, con sus refinamientos de porcelana y cerámica laqueada, sus estanques poblados de cisnes y otras aves raras. Pero el “realismo mágico” latinoamericano se remitió a los milagros y los mitos, los monstruos y los eventos fantásticos, como si fueran de la vida cotidiana. Aunque muchas aparentes fantasías eran realidad en este surrealista y mágico continente.
Tres de mis obras favoritas de Carlos Fuentes tienen características del realismo mágico, al presentar la yuxtaposición de lo fantasmagórico con la realidad, lo que irónicamente le da el efecto de una mayor veracidad. Y las tres me recuerdan a autores argentinos.
La novelita Aura la relaciono con los temas de Julio Cortázar, debido a que para este autor fue vital el tema de la identidad, las alucinaciones y obsesiones y la realidad escondida. La comedia Orquídeas a la luz de la luna (Seix Barral, 1982), estrenada en Harvard, que muestra una fascinación irónica con dos artistas mexicanas, Dolores del Río y María Félix, me hace pensar en la novela de Manuel Puig La traición de Rita Hayworth (1968). Porque Fuentes, al igual que Puig, era un enamorado del cine.
Finalmente, otra historia quizás poco conocida es la de Vlad del libro Inquieta compañía (Alfaguara, 2003), que recuerda los relatos sobre personajes monstruosos y verídicos de Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. En este caso, se trata de Vlad Tepes, el rey rumano que inspiró la ficción de “Drácula”.
Pero lo que tienen de original las tres obras, lo que las distingue de los autores argentinos, es el sentido del terror que infunden: por el aprisionamiento de los personajes bajo fuerzas invisibles que no pueden controlar. Fue ese prodigioso caudal imaginativo y manejo de la técnica narrativa lo que convirtió a Fuentes en uno de los pilares del realismo mágico en América Latina y le otorgó la fama universal. •


























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