El boxeo es como una atracción fatal, una relación peligrosa, que nos hiere, que se burla de uno, porque sabe que, a pesar de los daños causados, seguimos volviendo a esos brazos que acarician de manera engañosa y cuyo único fin es sacarnos los dólares del bolsillo y borrarnos la ingenuidad del corazón.
Después de la escandalosa decisión que privó a Manny Pacquiao de un evidente triunfo sobre Timothy Bradley el sábado en Las Vegas he escuchado el mismo grito de angustia que nace luego de consumarse una patraña, una de las tantas que suelen rondar los cuadriláteros: no veo más boxeo, no pago nunca más por ver una pelea.
No nos engañemos. El 10 de noviembre, cuando Pacquiao y Bradley escenifiquen su revancha, quiero ver cuantos de ustedes que hoy prometen apagar la TV o elegir otro canal, resistirán la tentación de ver la segunda parte de lo que fue, en su primera entrega, uno de los peores robos de la historia y bajo la luz de los reflectores. Si no fue el atraco del siglo, estuvo cerca.
Bob Arum, taimado y brillante, nos tiene bailando al ritmo de su música y de la caja registradora. No estoy diciendo que él legendario promotor influenció el resultado, pero los números entregados por los jueces que vieron ganar a Bradley le vienen como anillo al dedo para su cuenta bancaria.
Nunca he estado tan avergonzado del deporte del boxeo como estoy esta noche, declaró Arum al finalizar el combate. Sé que la pelea de revancha, que ya está establecida para el 10 de noviembre, me dará mucho dinero, pero la decisión de esta noche ha sido algo indignante.
Ah, bueno, ¿y en qué quedamos? ¿Cómo pueden coexistir en una misma declaración las palabras vergüenza y dinero? Lean de nuevo la frase, me dará mucho dinero. Dinero, claro está, que pagaremos usted, yo espero que no, aunque mi profesión me exija otra cosa- y todos los que todavía creemos en el cuento de tontos en que se ha convertido el boxeo.
Porque, señores, Bradley no fue Juan Manuel Márquez. Si el mexicano abrió espacio a las dudas con actuaciones encomiables, el estadounidense perdió limpiamente la mayoría de los rounds y si sumó dos o tres, se debió a que el filipino, que no es el mismo de antes, creyó tener la pelea en el bolsillo y adoptó una actitud más pasiva. Si el tema es robarle a Pacquiao, habría preferido un Márquez que un Bradley.
En el terreno de las estadísticas puras, Pacquiao fue superior al llegar con 253 golpes por 159 de Bradley. En 10 de los 12 asaltos el filipino lanzó y conectó más que su oponente. Pero estos dos jueces, Duane Ford y CJ Ross vieron perder al campeón por 115-113, es decir, vieron ganar a Bradley al menos siete rounds. Si a los jueces que vieron ganar a Paul Williams contra Erislandy Lara los suspendieron, ¿entonces qué hacer con estos?
Nada, no pasará nada. La vergüenza de Arum se irá apagando a medida que se acerque el 10 de noviembre y nuestra memoria se hará más corta, y el atraco de este sábado se convertirá en una anécdota que servirá para echar leña al fuego del morbo, y llegado el día muchos de los que hoy arremeten contra el estado de cosas en el boxeo, sentirán la tentación de llamar a la compañía de cable o satélite y ordenar la revancha que le dará mucho dinero a Arum y su gente.
¿Vergüenza contra dinero? Ya se sabe el ganador.



























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