No es mostrarse partidario de la sanguinaria dictadura de Bashar Ashar o del gobierno totalitario de Raúl Castro. Es tener la decencia mínima para no tratar de sacar beneficios personales de ambas situaciones. La población estadounidense está cansada de guerras que comienzan bajo la bandera de una buena causa y terminan con miles de muertos, gastos de billones de dólares y el resultado de una situación política inestable.
Por supuesto que nada de lo anterior detiene a los que en Miami y La Habana intentan eternizarse en la retórica de la guerra fría.
Con una irresponsabilidad absoluta, en la Florida se aprobó una ley estatal que prohíbe a los gobiernos locales contratar empresas que tienen lazos comerciales con Cuba y Siria. Ya hay una demanda en su contra. Curiosamente, el abogado que representa a la compañía demandante, la firma de construcción Odebrecht USA, es Raoul G. Cantero III, un ex miembro del Tribunal Supremo de la Florida –nominado a ese puesto en el 2002 por el entonces gobernador Jeb Bush– y nieto del ex dictador Fulgencio Batista.
La ley que se debía establecerse en este estado es otra. Una que obligue al gobernador y a los legisladores a pagar los gastos de corte y abogados en el caso de leyes frívolas, patrocinadas por políticos demagogos y destinadas a ser impugnadas en las cortes.
Sin embargo, el cambio fundamental debe ocurrir en el comportamiento del votante estadounidense. El impulso pueril a votar por el candidato que mejor luce ante las cámaras o, en el caso del exilio cubano, el político que afirma que va a lograr el fin de la dictadura castrista. El guiarse por unos anuncios políticos machacones como parte de la indolencia que acarrea toda democracia. Una indolencia que contribuye a la riqueza de pocos y a la miseria de muchos.


























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