Opinión

ALEJANDRO RIOS: Submarinos amarillos

 

Cuando en el mundo convulso de la contracultura, año 1968, se estrenaba el innovador dibujo animado Yellow Submarine, yo llegaba una mañana, que quisiera olvidar, al preuniversitario de La Habana, para enterarme que muchos de los mejores profesores de la institución los habían expulsado en una de tantas campañas de depuración ideológica acometidas por el régimen de los Castro.

Esta se dio en llamar “Ofensiva revolucionaria” y no sólo terminó con el último rastro de negocio privado que había sobrevivido la andanada socialista, durante algunos años, sino que sirvió para expurgar organismos estatales de personas consideradas desafectas, apáticas a las imposiciones de la revolución. Claro que no respondían, para nada, a los parámetros que hoy reconocemos como disidentes, sino que sencillamente se resistían, de modo pasivo, a ser parte de algo en lo cual no creían.

Los Beatles en la cúspide de su carrera protagonizando un film totalmente vanguardista, mientras en Cuba eran anatema, como parte de esa zona inmensa y absurda del llamado diversionismo ideológico.

Para dicha de sus fanáticos, la pasada semana el legendario animado, precursor de toda una estética que luego influiría hasta la célebre serie Monty Python y con personajes que harían las delicias del propio Lewis Carroll, se acaba de reeditar, en formatos DVD y Blu Ray, luego de una esmerada restauración, a mano, imagen por imagen.

Algo curioso ha ocurrido, sin embargo, coincide con este rescate cinematográfico, que protagonizan John, Paul, George y Ringo, como cuatro magníficos héroes llamados a defender el país de Pepperland, atacado por unos engendros azules, el hecho de que en La Habana se ha abierto hace algunos meses un centro cultural en el antiguo night club Atelier del Vedado, también bajo el nostálgico nombre de Submarino Amarillo.

De visita en Miami, el rockero Osamu Menéndez me habló de los hechizos del sitio aunque le parecía algo exagerado que los grupos de rock invitados para deleitar al público asistente debían interpretar sus canciones en inglés. Otros se quejan, sin embargo, de los precios inaccesibles tanto para entrar como para consumir los productos que allí se expenden. Hay algunos, incluso, que han presentado quejas porque el local parece no haber sido reconstruido con material aislante a prueba de sonidos y los apartamentos del edificio al cual sirve de sótano se estremecen por los decibeles del rock.

Lo cierto es que solamente en Cuba, ajena al mundo real, se puede erigir esta suerte de templo de redención a una época de voluntarismo y represión, caracterizado con iconografía de los Beatles, porque en otro lugar tendrían que agenciarse los derechos para tal despliegue, poco menos que prohibitivos, por su alto precio, en el mercado corporativo internacional.

Quiero pensar que hay una feliz concurrencia entre los dos “submarinos”, el que funciona en Cuba y el revival del clásico animado. El segundo tiene que ver mucho con un país que ve interrumpida su felicidad mediante la llegada de un grupo de represores que odian el bienestar y lo destruyen sin alternativas. A lo cual se suma la odisea de un sobreviviente para encontrar la ayuda que les permita ser libres otra vez. Es un canto lírico, deslumbrantemente visual, a la necesidad de emancipación.

Mientras el centro cultural en Cuba, aun siendo patrocinado por el régimen, como ya sabemos divorciado de la libertad, es un sitio de convocatoria de personas devotas de la que fuera música del enemigo, de cierto aire conspirativo, empeñadas en alejarse de un marasmo político, sin remedio, que ahora trata de perpetuarse a como dé lugar, incluso haciendo las más insospechadas concesiones.

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El Nuevo Herald

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