Con una cruz entronada en su nombre, el Hospital Mercy, en Coconut Grove, cree que cada persona es una manifestación de la santidad de la vida humana, según la declaración de su misión. La institución aboga por una sociedad en la que todos puedan alcanzar su potencial. Su prioridad, declara, pertenece a aquellos a quienes la sociedad ignora.
Es cierto, algunos de sus pacientes pobres y ancianos se sienten ignorados. Pero no por la sociedad, sino por la administración del hospital.
Desde hace dos meses, los enfermos que dependen del transporte público para llegar y regresar del centro médico, han encontrado que la parada de autobús fue desplazada hacia la bahía, alrededor de dos cuadras de la entrada principal.
Para las personas sanas y jóvenes, es una insignificante caminata, a menos que esté cayendo un aguacero. En cambio para los ancianos con problemas del corazón, artritis, osteoporosis; aquellos que dependen de un bastón, andadera o silla de ruedas, la distancia se suma a sus problemas de salud, además de que el camino está desprovisto de techo.
El martes al mediodía, bajo un sol ardiente, presencié las vicisitudes de estos pacientes que no tienen recursos para costear un taxi ni automóvil propio. Pude hacerlo justo antes de que llegara un guardia de seguridad a sacarme. Como ya estaba en camino al estacionamiento, los ancianos lo timaron diciéndole que me había subido al último autobús.
Los pacientes estaban enfadados con el hospital. Habían reclamado por la ubicación de la nueva parada y a cada uno le respondieron con otra excusa, hasta culpando a las palomas.
“Es horrible lo que han hecho”, lamentó Manuel Fernández, de 82 años. “Fue una decisión arbitraria”.
Mercedes Rodríguez, de 73 años, no se quedó de brazos cruzados.
Hace un mes, su dolor de rodilla se acentuó, así que fue al Mercy donde la han atendido en los últimos años. Disgustada con la nueva parada, escribió una carta a la presidenta del hospital, Barbara Simons, y se quejó con varias administradoras que, según ella, le dijeron que era responsabilidad de la Ciudad de Miami.
Entonces llamó a la oficina de su comisionado, Frank Carollo. Ahí le informaron que la parada pertenecía al Condado Miami-Dade; debía comunicarse con la oficina de Bruno Barreiro, presidente de la Comisión condal, dijo. Rodríguez siguió las indicaciones. Asistentes de Barreiro le prometieron averiguar por qué cambiaron la parada.
Hasta ayer, no le habían respondido.
“Quiero una razón lógica porque nos afecta a muchísimos”, exigió Rodríguez. “Está bueno ya”.
Para ayudarla a comprender por qué se había creado este inconveniente a las personas frágiles, llamé a la Administración de Transporte Público de Miami-Dade (MDT). La vocera Karla Damian informó que el Condado reubicó la parada tras una solicitud hecha por el hospital en julio pasado citando preocupaciones de seguridad.
“Un funcionario del hospital dijo a MDT que en su ubicación anterior, la parada estaba bloqueando la visibilidad de los peatones que cruzan la calle”, declaró Damian en un comunicado.
Esos peatones, por cierto, deben ser los que cruzan del estacionamiento techado aledaño a la entrada, donde aparcan sus automóviles por una tarifa de $3.
Me comuniqué entonces con el hospital pidiendo una explicación. Nadie retornó las llamas. El Mercy, el único hospital católico de Miami-Dade, fue adquirido el año pasado por HCA Holdings, una cadena de hospitales con fines de lucro con sede en Nashville, Tennessee.
Cuando la Junta Directiva del hospital anunció la venta en el 2010, el doctor Manuel Anton, entonces el principal ejecutivo, aseguró que el centro continuaría operando como hospital católico.
“Aunque el Mercy será parte de HCA, continuará… adhiriéndose a los principios de fe con los que ha servido a la comunidad desde su fundación”, afirmó Anton.
Tal vez por esos principios es que el hospital puso en circulación dos carritos de golf para trasladar a los más enfermos. Sin embargo, los vehículos no están en constante uso y sus espacios no son suficientes para la cantidad de pacientes que dependen del transporte público, afirman los afectados.
Debajo del escaso techo de la parada, los pasajeros, además de lamentarse, manejaban el martes una serie de conjeturas sobre el Mercy, quizás para hacer menos aburrida la espera. Entre ellos se encontraba Demetrio Revilla, de 69 años.
Revilla relató que hace unos días un paciente que aguardaba por el autobús preguntó, a modo de broma: “Si nos alejaron a nosotros los pobres, ¿van a hacer lo mismo con los santos?”.

























Mi Yahoo