En una sociedad capitalista es normal que unos tengan más que otros. Que el trabajo sea mejor remunerado para unos que para otros. Es lógico que el Miami Heat le pague más a Lebron James, el mejor jugador de la liga, que a un suplente. O que un cantante que llena un estadio dos noches seguidas, cobre más al empresario que organiza un concierto, que aquel que tan solo llena medio. En el primer caso la ganancia está ligada a un mejor desempeño en la profesión. En el segundo, al gusto del público, al mercado. Quizá un magnífico compositor no gane lo mismo que un cantante que grite groserías y aparezca semidesnudo en el escenario. En ese caso no importa tanto la calidad, como la cantidad de personas que quieran verlo, así sea un desastre cantando. Desafortunadamente eso cada día sucede con más frecuencia en el campo del arte.
No son los escritores de mejor calidad los que más libros venden, sino los más mediáticos, los que escriben libros más ‘comerciales’, o se hacen personajes ‘atrayentes’ para los paparazzi; en muy contadas ocasiones se da la rareza de un bestseller con valor literario. Lo mismo las películas. Las más taquilleras no son las mejores. Basta con una protagonista de cuerpo escultural y ojos hermosos, un tipo musculoso de héroe, y dos mil balas disparadas por segundo, para que multiplique sus entradas. A la que denuncia los vacíos de la sociedad, la que se pregunta por la condición humana, la que explora las angustias del humano en su tiempo, se le relega a un segundo plano. De la pintura y la escultura ni se diga. Hoy en día cualquier mamarracho pintado por un individuo que posa de loco, vale millones; aunque, como en el caso de los libros (y de las películas) todavía existen las raras excepciones (cada vez más raras) en las que la calidad artística se encuentra con las ventas.
Todo eso es, digamos, parte de la sociedad en la que vivimos, donde lo que más ganancia da, es lo que más cantidad de gente paga. Desafortunadamente se ha traspasado una línea en la que ya un bestseller o un cantante de moda o una película taquillera no son simplemente algo o alguien que vende muchas copias de un producto, sino que la calidad del producto o el talento comienza a juzgarse por el número de copias que vende. Es la ‘banalización de la cultura’ que el Nobel Mario Vargas Llosa denuncia magistralmente en su última obra: La civilización del espectáculo.
El problema es que esa manera ‘banal’ de juzgar el arte comienza a extenderse a otros ámbitos. Imaginen que el Miami Heat no le pagara más a Lebron James o Dwyane Wade por la calidad de su juego, la cantidad de puntos por partido, los rebotes, las asistencias, sino porque salen bonitos en las fotos que les toman cuando hacen una cesta, o porque tienen muchos seguidores en Twitter, o porque el American Airlines Arena se llena porque muchas personas quieren ver los zapatos que llevan puestos. No tiene sentido, ¿cierto?
Y sin embargo en una actividad con muchas más consecuencias que los deportes, comienza a suceder algo parecido.
Me refiero a la política.
Y más específicamente a la inigualable danza de millones en la historia de una campaña, desatada por los Super Pac. Pero lo que más impresiona es en qué, principalmente, básicamente, se gastan esos millones: publicidad.
La política de Estados Unidos ha ingresado al reino de las mentiras, al reino de las ilusiones vulgares, a ese lugar fantástico donde un tipo destapa una botella de cerveza en la oficina y aparecen como por arte de magia diez rubias despampanantes semidesnudas, con él en una playa, peleándoselo; a ese reino en el que a un tipo que pesa cuatrocientos cincuenta kilos le prometen el cuerpo de Arnold Schwarzenegger, untándose una crema; o al que a un tipo tan calvo como Lex Luthor le prometen una melena de león, untándose otra crema.
Esa publicidad ya eligió a un banal líder que realizó dos sangrientas guerras sin sentido y nos llevó a la quiebra.
¿Volverá a elegir a otro líder banal, respaldado en otra danza de millones, que pinta como un rey Midas del empleo, precisamente a alguien que se enriqueció botando gente y abusando del sistema?
¿Qué futuro elegirá para sí Estados Unidos de Norteamérica?
Por el momento hay un empate técnico.
Hagan sus apuestas.
Periodista y escritor, su última novela es La Otra Mirada, disponible en Amazon y B&N.



























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