En su más reciente libro de ensayos, La civilización del espectáculo, el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa aborda un tema que, al parecer, ha estado preocupándolo durante algún tiempo. Se trata de la banalización de la cultura. Es decir, “la generalización de la frivolidad y la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo”. Algo que eventualmente, según Vargas Llosa, provocará la desaparición de “la alta cultura”.
Su preocupación es válida, pero lo que realmente debía preocuparnos es que la “cultura popular”, tal como la hemos conocido hasta ahora, también podría desaparecer. En primer lugar, por su banalización, y en segundo por su vulgarización. No creo que los ciudadanos de a pie (y estoy pensando en los de Miami) pierdan el sueño porque ya no existan directores de cine como Ingmar Bergman, porque la literatura light sea la más representativa de nuestra época o porque se equipare una ópera de Wagner con un concierto de los Rolling Stones. La decadencia de las artes cultas, como consecuencia de su “espectacularización”, es un tema que por su complejidad debe ser debatido en un ámbito académico. Lo que realmente debería hacernos perder el sueño a nosotros –porque afecta a nuestras familias– es que los pegajosos estribillos de los sones estén siendo sustituidos por las explícitas letras del reggaetón, que en las pistas de baile se simule el acto sexual, que el tradicional saludo de “Hola, ¿qué tal?”, haya desaparecido para dar paso al marginal “¿Qué volá, asere?”, y que la vulgar chabacanería de los programas cómicos de la televisión local se haya convertido en sinónimo de humor popular.
Es cierto que los tiempos han cambiado. Y Vargas Llosa lo sabe. Quizás por eso lo explica de esta manera: “El bienestar, la libertad de costumbres y el espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado constituyó un estímulo notable para que proliferaran como nunca antes la industrias del entretenimiento: divertirse, no aburrirse, evitar lo que perturba, preocupa y angustia, pasó a ser para sectores sociales cada vez más amplios un mandato generacional”. Pero, ¿qué hay de malo en querer divertirse? Nada. El mismo lo admite: “Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas, por lo general, en rutinas deprimentes”. Lo malo es cuando la diversión comienza a significar ordinariez. Vargas Llosa también advierte que “convertir esa propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas”. Y tiene razón. Ya las estamos viendo. No sólo en la “alta cultura”, donde siempre habrá quien lea a Kafka o Proust, quien escuche a Mozart o Bartok y quien admire las obras de Boticcelli o Picasso, sino también en la “cultura popular”.
Y es que a pesar de las numerosas propuestas culturales (nunca ha habido tantas en Miami como ahora: decenas de nuevas galerías de arte, desde Coral Gables a Wynwood; varios museos, desde el Bass Museum of Art hasta el Miami Art Museum; música, danza y teatro, desde el Adrienne Arsht Center en el downtown hasta el Havanafama en La Pequeña Habana, y la Feria Internacional del Libro de Miami) se advierte, en general, que ha comenzado un lento pero inevitable proceso de vulgarización colectiva. No nos engañemos. Las teorías de Marshall McLuhan parecen estar convirtiéndose en realidad. No sólo los medios de comunicación ya están modificando el curso y el funcionamiento de las relaciones y las actividades humanas, sino que nos hemos convertido en una extensión de ellos. Tal como lo vaticinó, “somos lo que vemos”. Y lo que vemos –desde Lady Gaga a Magdalena, la pelúa– mete miedo. Así no hay cultura que sobreviva: ni la alta ni la popular. •
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