Opinión

PEDRO CORZO: Biquín y la Quinta Doña Dilía

 

La solidaridad es una virtud que ha caracterizado el exilio político cubano, pero lamentablemente, una de sus mayores manifestaciones que tuvo como escenario a Venezuela, es muy poco conocida.

Desde los años sesenta los cubanos asentados en la patria del Libertador se esforzaron por ayudar a los compatriotas que recién llegaban.

Por ejemplo, en 1961 estaban en funciones en la capital venezolana tres centros en los cuales los recién llegados eran acogidos, pero esto corresponde a un trabajo más extenso que en su momento será elaborado, porque en esta ocasión vamos a enfocar esta columna en Joaquín Meso Llada, un hombre excepcional que después de cumplir 17 años de prisión en las cárceles castristas, se impuso la misión de sacar de Cuba a la mayor cantidad de ex prisioneros políticos con sus familiares.

Cuando el gobierno de Cuba determinó en 1978 la excarcelación de miles de prisioneros políticos y consideró prudente negociar su salida al exterior, Venezuela, que en la época era gobernada por Carlos Andrés Pérez, accedió a recibir un número importante de los hombres y mujeres liberados en la isla.

Varios cubanos, entre ellos Monseñor Eduardo Boza Masvidal, Eduardo García Moure y Joaquín Meso, constituyeron un comité que presidió Boza Masvidal, que se reunió con las autoridades venezolanas para obtener las visas necesarias.

La condición para conceder las visas fue que los inmigrantes no fueran carga pública, compromiso que el Comité asumió y cumplió a cabalidad.

Los primeros vuelos tuvieron lugar el 24 y 25 de diciembre de 1978. Aviones militares venezolanos trajeron los primeros refugiados que encontraron un hogar temporal en la Universidad de los Trabajadores de América Latina que pertenecía a la CLAT. Posteriormente fueron ubicados por varios meses en una dependencia de la Cruz Roja venezolana.

En 1979, el esfuerzo continuado y la colaboración de los cubanos que contribuían con dinero, ropas, zapatos, atención médica y hasta en la búsqueda de trabajo para los recién llegados, culminó con el establecimiento en la Quinta Doña Dilía, Prado del Este, Caracas, del Hogar Cubano Raúl Rodríguez Fernández, un ex prisionero político recién fallecido.

El principal promotor de estos progresos fue Meso Llada, que aunque contó con la colaboración de otros muchos cubanos y venezolanos, fue la única persona que se dedicó todo el tiempo a buscar recursos para el Hogar, obtener nuevas visas y atender de la mejor manera posible a los refugiados.

Cuando el gobierno de Luis Herrera Campins concedió visas para la reunificación de las familias, muchos de los que llegaron al país y cuyos familiares no estaban en condiciones de protegerlos, fueron acogidos también en los hogares cubanos con iguales beneficios que el resto.

Mientras que los cubanos que arribaban a Venezuela, entre ellos quien escribe esta columna, rehacían sus vidas o al menos lo intentaban, Biquín, como sus familiares y amigos le llaman, asumió el compromiso de continuar dándole vida al Plan de Refugiados, llegando a conseguir al menos 16,000 visas otorgadas por varios gobiernos de Venezuela y dando albergue a unos once mil cubanos, que nunca tuvieron que pagar nada por los beneficios que recibían y tampoco fueron carga para la sociedad venezolana que acogió a los cubanos con generosidad.

La Quinta Doña Dilía fue el centro emblemático para los refugiados pero también hubo casas similares en las ciudades de Valencia, Caguas y Maracay, en la que los refugiados recibían las mismas atenciones que en la primera.

Nombrar a todas las personas que colaboraron directa o indirectamente en una proeza que nunca contó con ayuda económica oficial, seria incurrir en penosos errores, por eso es mejor sintetizar la labor de todos en la persona que más dio sin pedir nunca nada.

Biquin era el hombre que iba al aeropuerto de Maiquetía cada vez que había vuelos en el que llegaban cubanos procedentes de la isla. Era la persona que día a día visitaba la sede del Ministerio de Relaciones Interiores para conseguir nuevas visas y era él también quien con el apoyo de Monseñor Boza Masvidal recababa de todos nosotros la ayuda necesaria de la que nos habíamos beneficiados miles de personas.

Por suerte para Biquín y para todos nosotros, siempre contó con el respaldo moral de su abnegada esposa María Andrea. Ella nunca dejó de apoyarle en una tarea que no producía beneficios, salvo la satisfacción del deber cumplido y la segura ingratitud de los hombres.

Periodista de Radio Martí.

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