Hay quien sufre de remordimientos. Y lo más probable es que razones tenga, como el padre que cree haber podido dar un mejor ejemplo a sus hijos o el soldado que en el frente, por hache o por be, no auxilió al compañero herido. Hay otros que en cambio ni se inmutan. Nunca se ha visto a un banquero comiéndose las uñas por haber llevado a la ruina a un cliente, aunque tal vez sean ellos los mejores dotados entre todos los mortales para digerirlas sin peligro alguno. La depresión en que todavía viven muchos hogares ha servido entre otras cosas para demostrar que nada hay más libre de sobresaltos en este mundo que el estómago de uno de esos señores.
Pero lo más alarmante que nos ha traído la crisis económica no es la certeza de que los que más la sufren son quienes menos la merecen y la amarga realidad de que por el contrario a como ocurre en las películas, los que siempre ganan son los malos. Lo peor es que, con remordimientos o sin ellos, la gente se ve impelida por una fuerza ciega a los extremos, algunos aprovechándose de la desventaja ajena, y otros, confundidos o desesperados, buscando salidas por senderos ya trillados y que nunca llevaron a destino seguro. Eso tal vez explica el insólito éxito de ventas que tuvo recientemente en la Feria del Libro de Madrid una reedición del Manifiesto Comunista.
Después de más de siglo y medio de haberse propalado a voces en universidades alucinando a académicos y alumnos, de haber sido pólvora de un amasijo gris de revoluciones y de haberse aplicado con diabólicos resultados en no pocos países, la doctrina de Carlos Marx y Federico Engels pretende ser de nuevo un fantasma que no sólo recorre Europa como en sus orígenes. De este lado del Atlántico ya la padecimos y estamos volviendo a soportarla con nueva cara y un fanatismo tan macizo que se puede morder, impuesta por caudillos que se dicen apoderados de la justicia, aunque no falte día en el calendario en el que pueda conmemorarse una de sus terribles atrocidades.
Por lo que se ve es el cuento de nunca acabar. Y ahora con la crisis nos tratan de vender la idea de que llegó el momento esperado para solucionar cuentas pendientes. Todas juntas, lo mismo a manos de un comunista, un nacionalsocialista que un integrista islámico. Porque en Italia, por ejemplo, ha regresado con nuevos bríos el terrorismo anarquista, y hasta los alemanes, tan perfectos, organizados y racionales, están perdiendo la tranquilidad y la paciencia debido al rebrote en gran escala de los neonazis, incluso en los parajes más remotos del campo, alejados del arrollador y siempre peligroso tropel de las ciudades.
Kerstin Krumbholz, una mujer ahora de 50 años que hace 19 se mudó al pequeño y apacible poblado alemán de Geithain, en Sajonia, dijo recientemente al semanario Der Spiegel que “la gente en las ciudades no tiene idea de lo que está pasando aquí en el campo”. Tras ser agredido con saña por una de las nuevas bandas que llevan como credencial la cruz gamada, su hijo Florián, de 15 años, está condenado a llevar de por vida una placa de titanio en el cráneo. Los pandilleros que en la última década se cargaron una decena de muertos se hacen cosquillas en los sobacos con la policía. Y eso que en Alemania, los embates de la crisis no han llegado a desbordar el vaso.
Pero de violencia a violencia, lo mismo da que provenga de la extrema izquierda que de la ultraderecha, con la de los fundamentalistas de por medio. La brutalidad no se educa rezando ni se cura tomando purgantes. Y hasta se hereda, teniendo en consideración los siglos que llevamos matándonos sin que tratados de ética, el Viejo o el Nuevo Testamento, las misas dominicales, el tenebroso papeleo de los tribunales, la impiedad de los jueces o la silla eléctrica por último remedio hayan podido amansar al lucifer que muchos llevan dentro.
El único consuelo que nos queda es que por suerte en este mundo todavía queda gente que no está dispuesta a convivir con los fantasmas de sus viejos verdugos. Pero no hay que descuidarse, porque, en tiempos de crisis más, un imbécil puede llegar a ser el más perverso de los malvados.


























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