Opinión

ILEANA FUENTES: La rebelión de las monjas

 

Son doctoras en teología y ética cristiana; analistas del dogma católico; prolíficas escritoras; y profesoras de universidades prestigiosas. Son estadounidenses, que significa vivir en modernidad y tolerancia. Entienden que la Iglesia no debe retroceder ni desechar el progreso de los últimos cuarenta años. Son discípulas del Concilio Vaticano II, no de Tomás de Torquemada.

Las Hermanas Elizabeth A. Johnson, profesora de la universidad jesuita Fordham (NY), y Margaret Farley, de la Escuela de Teología de la Universidad Yale (CT) son el más reciente dolor de cabeza de Benedicto XVI. Ellas han escrito textos que la Congregación de la Doctrina de la Fe –la inquisición moderna, desprovista de piras, por suerte– no sólo no aprueba sino que las acusa de enfoques feministas en materia que a ellas como mujeres no debe incumbirles: en materia de dogma. De dogma patriarcal.

A la doctora Johnson, pionera en la revalorización de la mujer en el cristianismo, Roma la acusa de violar la doctrina de la Iglesia, y de no entender qué es Dios. La monja-catedrática, autora de Quest for the Living God: Mapping Frontiers in the Theology of God [ En busca del Dios vivo: Nuevas fronteras en la teología de Dios] y promotora de una mayor autoridad femenina en la toma de decisiones eclesiásticas, ha contestado que su análisis sigue las pautas de Vaticano II: “La feligresía ha de superar toda forma de discriminación, sea social o cultural, o basada en sexo, raza, color, condición social, idioma o creencia”.

Johnson presidió en los noventa la Sociedad Teológica Católica, donde abogó por feminizar la figura de Dios como Padre-Madre. Roma se niega a toda ambigüedad: Dios es Hombre, según la revelación divina. O sea, Dios es macho, varón, masculino.

A la doctora Farley le ha pasado otro tanto. Roma ha dictaminado que su libro Just Love: A Framework for Christian Sexual Ethics [ Sólo amor: Un marco para una ética sexual cristiana], que brinda un razonamiento teológico sobre la masturbación, el matrimonio de divorciados, y el de personas del mismo sexo, no está acorde con el auténtico catolicismo. En su propia defensa, Farley explicó que la “moralidad tabú” hay que erradicarla para dar paso a un enfoque contemporáneo justo y humano que tome en cuenta “fuentes científicas, filosóficas, teológicas y bíblicas” actualizadas.

El Vaticano esgrime de nuevo las advertencias de los fundadores de la Iglesia. Agustín, Gerónimo y el propio Pablo escribieron y predicaron que la mujer no debe hablar en público, debe obedecer al marido, ocuparse de su casa y no inmiscuirse en asuntos oficiales. La lengua femenina es vehículo del Mal; por ella somos “desterrados, hijos de Eva” habitantes de “este valle de lágrimas”. Hay que mantenerlas cabizbajas, controladas y calladas.

Pero las pensadoras católicas americanas han salido respondonas. No se tragan más el patriarcado misógino. El Vaticano también se enfrenta a la organización nacional de monjas americanas –el Leadership Conference of Women Religious– que representa a la mayoría de las 57,000 religiosas estadounidenses. Según Roma, la Conferencia también se subscribe al radical feminismo al no oponerse enérgicamente al matrimonio entre personas del mismo sexo, al aborto, y a la ordenación de mujeres al sacerdocio. Para meterlas en cintura, el Vaticano ha nombrado a un comité de tres obispos para “reestructurar la Conferencia” de arriba a abajo. A Benedicto XVI siempre le queda excomulgarlas, decisión que ejerció con frecuencia contra reformistas católicos cuando encabezaba la Congregación de la Doctrina de la Fe bajo Juan Pablo II.

Yo sigo adscrita a la “escuela” de la teóloga norteamericana Mary Daly, que hace tres décadas anunció: “Lo único que resta hacer a las mujeres es salir de esta Iglesia, y no mirar para atrás”.

Dedico esta columna a Ada María Isasi Díaz (La Habana, 1943 – NY, 2012) iniciadora de la Teología Mujerista en EE.UU. Isasi Díaz, católica, era Profesora Emérita de la Universidad Drew en NJ. Egresó del New York Theological Seminary con un doctorado en Teología y Etica Cristiana, y recibió de la Universidad Colgate un doctorado honoris causa en 2006. Siempre a favor de la inclusión de todos en el seno de la Iglesia, apoyaba la ordenación de mujeres al sacerdocio.

© Ileana Fuentes

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