Nos encontramos a las puertas de lo que podría ser una de las campañas presidenciales más vacías de los últimos tiempos. Todo el mundo repite que el próximo mes de noviembre será crucial para el futuro de Estados Unidos y que tal vez presenciemos las elecciones más importantes de nuestras vidas. Sin embargo, la ausencia de planes concretos para el país amenaza seriamente lo que prometía ser una carrera por la Casa Blanca llena de animación y contraste.
Conscientes de que el dinero –siempre el maldito dinero– es un factor primordial en cualquier elección moderna, los candidatos demócrata y republicano se han lanzado a una febril recaudación de fondos que los aleja cada vez más del norteamericano común y corriente. Apenas les queda tiempo para hablar a los electores y, cuando lo hacen, cuidan tanto sus palabras y esquivan tanto la polémica que no convencen y mucho menos conmueven. Olvidan que el vigor de la democracia norteamericana se nutre de esa relación continua entre gobernantes y gobernados.
No por casualidad, personajes influyentes de ambos partidos han empezado a dar la voz de alerta y a pedir a los candidatos, con la mayor cortesía y firmeza del mundo, que presenten sus planes de gobierno. Así lo hizo días atrás Scott Walker, el gobernador republicano de Wisconsin, nada sospechoso de tibieza, quien aconsejó a Mitt Romney criticar menos al presidente Obama y delinear cuanto antes un buen programa de gobierno. Los demócratas tampoco se sienten muy a gusto. El analista liberal James Carville, por ejemplo, le acaba de sugerir a Barack Obama que no siga endulzando el presente y exponga con la mayor rapidez un plan para frenar el deterioro de la clase media y reavivar la confianza en el futuro.
Sería bueno que ambos contendientes prestaran atención a estas voces y rectificasen el rumbo. De lo contrario, las elecciones presidenciales darán la victoria a un candidato peligroso: la frustración.
Yoel Prado
West Palm Beach





























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