Dos elecciones presidenciales faltan para cerrar el ciclo del presente año. Hablo, claro está, de México –1 de julio– y Venezuela –7 de octubre–. Queda cuando menos en evidencia el fortalecimiento del mecanismo electoral en un subhemisferio que fue ocupado durante la guerra fría por militares y sables. Si exceptuamos a Cuba que, aislada y contumaz, no celebra elecciones libres, otros regímenes autoritarios no han podido romper plenamente el cauce constitucional.
Una añagaza para velar su naturaleza autocrática, dicen algunos escépticos.
Personalmente no lo veo así por más que quienes repelen la democracia sin tener suficiente fuerza para abolirla del todo, la utilicen para ocultar su verdadera naturaleza. Aunque la autocracia haga del vicio virtud, las fuerzas democráticas pueden ampliar espacios entreabiertos en medio de tormentosos asedios. Y ese tira y encoge es el contenido del sordo enfrentamiento latinoamericano entre autoritarismo y libertad
Las elecciones de nuestra región han sido sacudidas por influencias de signo contrario. Por una parte, la economía viene mejorando, salvo el sorprendente rezago de Venezuela, el país con más recursos dinerarios y naturales; y el comprensible estancamiento de los estructuralmente pobres. Por la otra, subsiste la tensión entre las reclamaciones sociales y la posibilidad de satisfacerlas. Vilfredo Pareto afirmaba que a mayor productividad menor desigualdad, circunstancia que favorece la estabilidad en todos los planos. Es un equilibrio más bien positivo sin grandilocuencia: Latinoamérica se ha ido situando en el centro del pentagrama político, con predominio de gobiernos moderados.
Pudiera decirse que nada distinto ocurrirá en México y Venezuela, lo que muy probablemente sea cierto en el país azteca pero para nada en esa curiosidad hemisférica que es el anacrónico modelo acaudillado por el presidente Chávez.
No creo que México se jugará el pellejo el 1 de julio. Es la segunda economía de la región y sus variables no son malas, salvo la plaga de la narcoviolencia. Ya Humala supo entender que no podía sacrificar a quimeras ideológicas el consistente crecimiento de Perú, razón por la cual le dio continuidad al auspicioso proceso que encontró. El viraje no es sorprendente. Sucedió primero en Brasil, de Cardozo a Lula, precedente que trazó una ruta en la turbulencia latinoamericana. En los quince días que nos separan de la gran prueba, las encuestas mexicanas enloquecen. No obstante que Peña Nieto parece conservar una ventaja de al menos diez puntos, las fluctuaciones de última hora pudieran todavía favorecer a López Obrador o a Josefina Vásquez Mota. Las elecciones mexicanas son tajantes: está prohibida de manera absoluta la reelección y no se incluye el balotaje.
Venezuela se debate entre el anhelado consenso y un conflicto agravado, cuyas implicaciones institucionales comienzan a verse. El contraste es visible en el estilo de los dos abanderados. Al momento de su inscripción Capriles Radonski, animado por una colosal manifestación pública, reiteró nítidamente su mensaje: unidad nacional, paz y no violencia, progreso para todos, diálogo y reencuentro. Por desgracia, el presidente Chávez también repitió el suyo, con el acostumbrado basural de insultos y retórica sin obra.




























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