Una vez más la soprano cubanoamericana Eglise Gutiérrez dejó a sus fanáticos de pie y pidiendo más en una rotunda, larga y merecida ovación. Sin tener en cuenta la amenaza de lluvia ni las dificultades del parqueo, centenares de melómanos miamenses asistieron en la noche del sábado a disfrutar el arte de la famosa cantante, acompañada al piano por Elaine Rinaldi, en el Gusman Concert Hall de la Universidad de Miami.
Aclamada internacionalmente por su dominio de la coloratura y su sensibilidad interpretativa, la diva ofreció un variadísimo programa en el que abarcó desde el estilo clásico hasta el romanticismo, cerrando con canciones españolas y cubanas. Es preciso decir que antes de comenzar el recital, se ofrecieron tres vídeos de las actuaciones recientes de la cantante en escenarios del mundo en obras de Massenet, Bellini y Verdi, ya que las complicaciones con el parqueo retrasaron a algunos asistentes. Una idea magnífica que además permitió disfrutar a la diva en su repertorio habitual.
La noche tendría muchas sorpresas, pues Gutiérrez estrenaría obras que aprendió especialmente para esa ocasión, algunas de las cuales fueron también estreno para muchos de los asistentes. Primero, Nel cor piú non mi sento, de Paisiello, con toda la transparente alegría de lo clásico, luego Piangero la sorte mia, de Handel, más cargada en sus complejidades barrocas, y donde la soprano desplegó una gama de colores llevando a los extremos su tesitura y haciendo gala de su expresividad. Siguieron dos bellísimas canciones de Rachmaninov, cantadas en ruso, que resultaron muy comentadas a la salida, pues nunca se había escuchado aquí a la cantante en ese idioma.
Pero lo que habría de dar la pauta de la noche y título a esta reseña fue La hora exquisita, de Hahn, donde Gutiérrez hizo gala de su pulido legato y de sus pianos. En igual vena de exquisitez, Apres un Reve, de Faure, y luego la rarísima Villanele, de Eva Dell’Aqua, más movida, que aportó a la noche el primer toque lúdico, donde la diva insinuó el gracejo que habría de desbordar más tarde.
Sin embargo, el cierre de la primera parte fue una famosa aria del más difícil repertorio de coloratura: Ombre legere, de Meyerbeer, que entregada con mesura, gusto y despliegue técnico, puso al público de pie. En esta aria se agregó a Gutiérrez y Rinaldi, la flautista Elissa Lakofsky.
La segunda parte de la noche se inició con una hermosa aria distintiva bel canto romántico: Oh, quante volte, de I Capuletti e i Montecchi, de Bellini, que augura gran éxito a la presentación de Gutiérrez en su próximo debut en esa ópera.
Luego, entregó con salero dos canciones divertidas de Granados, para cerrar el ciclo con la más famosa y sentimental de ese autor: La maja y el ruiseñor, todas muy aplaudidas.
Pero la que habría de echar el teatro abajo sería la siguiente: Flor de Yumurí, de Anckermann, quizá porque la mayoría del público era de origen cubano, o quizá porque en esta diva lo cubano sigue siendo un punto definitorio. Tanto esta canción como la siguiente, la poco conocida La niña de Guatemala, de Sánchez de Fuentes con el famoso texto de José Martí, puso lágrimas en muchos ojos.
Igualmente conmovedoras resultaron las últimas tres canciones, del cubano Ernesto Lecuona. Todo el público de pie ovacionaba al final de la última: El faisán. Emocionada, la cantante recogió una rosa del proscenio y se la entregó a Rinaldi.
Esta sentida aclamación demostraba que Gutiérrez, aun cuando pudieran señalársele detalles técnicos, ha logrado un nivel artístico que es también humano, el de la sensibilidad que conquista los corazones del público. Su elegancia en escena, su sinceridad expresiva, su entrega, la ponen ya en el camino de las leyendas.
Ante la ovación, la diva regaló dos encores, Te esperaré, de Prats y Depuis le jour, de Louise, de Charpentier. Con su niña Lucía en brazos, la diva se despidió emocionada de un público al que dejó rendido ante su exquisitez. •
Para información y entradas de la Orchestra Miami: (305) 274-2103 y www.orchestramiami.org.


























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