El diario El Mundo titula “El planeta infeliz” a la hora de informar sobre el estado del mundo en el que vivimos. Se trata del Índice del Planeta Feliz, de la New Economic Foundation, que mide el bienestar social de los países. Este año, aunque España se mantiene entre los primeros puestos en cuanto a la percepción que tienen los ciudadanos de su calidad de vida, ha descendido unos escalones y parece que se aleja del círculo de la felicidad. Como una estrella a la deriva.
¿A qué se debe esta creciente melancolía en un país que hasta hace poco todavía conservaba el resplandor que adquirió a partir de la transición a la democracia a finales de los setenta? En gran medida, la causante de esta astenia colectiva es la crisis económica que en los últimos tiempos se ha enredado como una hiedra venenosa en el tejido social español. Con un índice de desempleo que roza el 25% y con uno de cada dos jóvenes desempleado, la autoestima nacional no solo no levanta cabeza, sino que cada vez la agacha más en el hueco del desánimo.
A muchos les resulta difícil amanecer con brío cada día, rodeados de noticias económicas que se asemejan al obituario de toda una nación. Alemania encabeza el circo de una eurozona que ha perdido el paso de la caravana. Ya no hay rescates, ni primas de riesgo, ni Fondo Monetario Internacional que devuelvan la confianza de sociedades sumidas en el estupor de una maroma sin red ni ahorros. De ahí que España se haya ensimismado cada vez más, hasta convertirse en esta nave Enterprise que viaja sola y aturdida en la órbita de su propio planeta.
A ratos hay manifestaciones en las calles, pero lo que prima es la creciente frustración de jóvenes que temen ser recordados en el futuro como la nueva Generación Perdida, sin siquiera haberse extraviado en la aventura del París bohemio de entreguerras. Sencillamente ven pasar la vida, la de cada una de ellos, sin salidas porque, al menos por ahora, no las hay.
En el país Melancolía un muchacho sale de una oficina de empleo temporal en la calle madrileña de Atocha. Puedo escuchar lo que le dice a un amigo, “Si yo lo único que quiero es encontrar un trabajo. Cualquier trabajo”. Sin embargo, escasean las oportunidades y los que tienen un título universitario están haciendo las maletas para sobrevivir en el extranjero. Latinoamérica, el Norte de Europa, tal vez Canadá. Cualquier lugar antes que hacerse mayores sin quemar los cartuchos de su juventud.
Hace años Joaquín Sabina escribió una de sus mejores canciones, Calle Melancolía, donde ya anunciaba “Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido, que viene de la noche y va a ninguna parte”. A veces sucede que los países, como la vida misma, se transforman en callejones sin salida. Desde la ventana se divisa una nube de Melancolía.
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