La historia es más terca que un burro castrado. Busca y busca por los rincones más recónditos y siempre encuentra la verdad de los hechos.
Indudablemente es más fácil subir el telón de la intrahistoria en países abiertos y democráticos que en regímenes totalitarios. Pero cada crimen de estos últimos, ineludiblemente, en el cartón de los historiadores, la verdad siempre hace bingo.
El hombre es un animal pensante cuyas preferencias, incluso abstinencias y excesos, son regidos por experiencias y la calidad de las emociones vividas.
Fui a prisión siendo casi un niño. Allí leí los libros que me forjaron, sufrí todo el miedo que un hombre es capaz de sufrir, vi los mayores actos de heroísmo y los más repugnantes de miseria moral, y ellos me marcaron para toda la vida. Hoy no soy un exiliado, ni un hombre de negocios, ni un periodista, sino un ex preso político cubano y lo seré hasta el fin de mis días.
Fui formado en un catolicismo integral, al pie de la letra pero sin fanatismos, por lo que no siento que no hay contradicción alguna si Jesús de Nazaret fue un judío hijo de Dios o el más grande de los profetas. Y piensan igual el teólogo Ives Congar, el hermano Robert Schaltz, Atenágoras de Atenas y los papas Juan Pablo VIII y Juan Pablo II, y esto viene a cuento porque ayer me preguntaba, ¿por qué amo tan profundamente a Israel?
Fui a buscar en mis raíces y recordé algo que muchos ignoran y que en un futuro lo revelarán los estudiosos. Los presos políticos cubanos fuimos rehenes de los enemigos del castrismo. Cada triunfo de la democracia frente al totalitarismo/terrorismo lo pagábamos sufriendo las más brutales golpizas. Sin razón, y sin la más mínima provocación. Por eso se me revuelve el estómago a ratos como cuando la hija del dictador Raúl Castro, Mariela, cometió la infamia de decir recientemente desde una tribuna en Estados Unidos: “A Alan Gross se le ha facilitado todo lo que ha solicitado, ha podido ver a su esposa y amigos y se le ha atendido con todo el respeto y dignidad como siempre se hace en Cuba con sus prisioneros”.
Hay quienes piensan que en los 70, en Isla de Pinos, estábamos incomunicados del mundo, un error. El mundo ignoraba lo que pasaba dentro de las circulares, pero nosotros sabíamos todo lo que ocurría en el mundo. A través de radios de galena que se ocultaban en jabones y cuyas pilas se fabricaban con orine de los presos de mayor edad, personajes históricos como El Gallego y Piñango nos mantenían al tanto de acontecimientos tales como la llegada del hombre a la Luna, y alertas cuando alguna noticia de que Estados Unidos había logrado victorias frente al Viet Cong o Israel frente a Al Fatah, teníamos que prepararnos, porque al día siguiente, irremisiblemente, correría nuestra sangre en Isla de Pinos.
Pero mi sionismo cristalizó en una guerra decisiva. El día del inicio del conflicto el 8 de junio de 1967, apareció en primera página de Granma una declaración de Gamal Abdel Nasser anunciando que el ejército israelí sería lanzado al mar e Israel borrado de la faz de la tierra. Eran los judíos frente a Egipto, Jordania, Siria e Irak. La relación de fuerzas era de diez a uno en soldados, tanques y aviones a favor de los agresores. Pero bastaron siete días para que los israelíes tomaran las Alturas de Golán, Cisjordania, la Franja de Gaza y la Península de Sinaí. Estaba en la cárcel de Aguica y los comunistas, en medio de una requisa, comenzaron a tabletear las ametralladoras, y con rencores pero sin una gota de perdón cayó a mi lado con una rodilla destrozada Ramiro Lorenzo. Lo cargamos Rolando Alzugaray y yo hasta la reja, y esa noche, con la sangre reseca de Ramiro aun manchando mi ropa, llegue a la conclusión que la causa de Israel y la nuestra eran la misma, la del amor y la libertad contra el odio y la barbarie.
Cosas así me impresionaron tanto que la semana pasada ante una operación en que mi vida corría peligro, antes de marchar al quirófano, le pedí a Dios que me diera vida para ver a mis nietos Daniel, Josué y “Panchito”, que está a punto de nacer, cumplir los trece años, y cuando inicien el discurso jasídico en sus Bar Mitzvas escucharlos como pronuncian con convicción Ita BeMidras Tehilins.
Por último que me excusen los lectores por mi amor por Israel, y por martillar incesantemente sobre los crímenes cometidos por los Castro contra el presidio político histórico que para muchos es historia antigua y media, pero para mí, créanme, ocurrieron esta misma mañana. Porque ¿qué quieren que les diga? Como dijo el filósofo español José Ortega y Gasset: “El hombre es él y su circunstancia”.



























Mi Yahoo