En su batalla contra las drogas de laboratorio como las sales de baño y la marihuana sintética, Tallahassee está un paso detrás de la ciencia.
Cada vez que la Legislatura prohíbe la venta de las sustancias químicas que componen estos peligrosos productos de venta legal, los fabricantes simplemente modifican las fórmulas y añaden otros ingredientes alegando que sí son permitidos.
El resultado: entre enero del 2011 y abril del 2012, el Centro de Información sobre Venenos de la Florida recibió 1,221 llamadas de centros hospitalarios con casos de exposición a drogas sintéticas como cannabis sintético, anfetaminas alucinógenas y MDPV, una potente droga sicoactiva presente en las sales de baño que produce diversos efectos en el cuerpo y el cerebro.
La estrategia de prohibir determinadas sustancias ha sido un fracaso, porque promueve el ingreso al mercado de nuevos químicos más desconocidos y peligrosos, en un ciclo vicioso.
El problema ha sido tan alarmante a escala nacional que ayer la Agencia Federal Antidrogas (DEA) informó que el Congreso acordó incluir 26 drogas sintéticas en la Lista 1 de la Ley de Sustancias Controladas, lo cual implica que tienen alto potencial para el abuso, no poseen ningún uso médico aceptado y carecen de seguridad.
Además de nombrar las 26 sustancias, la ley crea una nueva definición de “agentes cannabinoides”, estipulando criterios por los cuales los compuestos químicos análogos también serán considerados sustancias controladas.
El gobernador Rick Scott recientemente firmó una ley que prohíbe más de 100 drogas sintéticas. Hacer cumplir esa ley es complicado porque los productos deben ser analizados por un laboratorio para constatar que contienen sustancias prohibidas antes que la policía pueda tomar acción.
Seamos claros, estas sales, inciensos y productos afines con nombres eufemísticos que se supone no son para consumo humano, no deberían ser vendidos en bodegas, licorerías y bombas de gasolina, ni ingeridos porque pueden conducir a un intenso estado de paranoia y alucinaciones delirantes capaces de llevar a cometer actos de violencia extrema, entre otros efectos.
El problema con prohibir estas sustancias sintéticas, sin embargo, es que su consumo no va a parar. Los fabricantes crearán otras fórmulas que imitan los efectos de las drogas ilícitas y continuarán jugando al gato y al ratón con el gobierno. Si bien las intenciones de los funcionarios estatales son buenas, hay que tener cuidado de no crear otra guerra a las drogas que termine por promover más su uso.
De ser así, también deberán prohibir los pegamentos, las pinturas y el aire comprimido porque los jóvenes los inhalan para “divertirse”.
Mas allá de las prohibiciones de los químicos, los esfuerzos pudieran estar enfocados en dos frentes. En primer lugar, coartar el acceso a estas drogas penalizando a los minoristas que las venden. Por ejemplo, las autoridades pudieran amenazarlos con retirarles la licencia para expendio de licores.
La ciudadanía también tiene oportunidad de colaborar usando su poder de consumo para alentar a los comerciantes que venden estos productos a eliminarlos de sus anaqueles o agradecer a aquellos que no los comercializan.
Sustraerlos de los comercios obviamente creará un mercado negro paralelo en la calle, igual que las drogas ilícitas, pero al menos obstaculiza el proceso de compra para los más jóvenes. Varios municipios en el sur de la Florida ya han comenzado a hacerlo; ahora hace falta una iniciativa estatal.
De todos modos, tomando en cuenta que también se venden por Internet, el verdadero frente de guerra a las drogas sintéticas es la educación. Los padres y las escuelas deben informar a los niños acerca de estas sustancias. Ya no pueden asumir que las únicas drogas sobre las que deben advertir a sus hijos son las ilegales, ya que las legales son igual de peligrosas, comenzando con el tabaco. Este es el momento ideal para sostener esa conversación que ayude al joven a entender por qué algo legal no es necesariamente sano.
Por lo general, el consumo de drogas entre los jóvenes está asociado con la falta de amor en el núcleo familiar, el abandono emocional o físico por parte de los padres, la violencia en el hogar y la baja autoestima.
En ese sentido, el consumo de sales de baño o cualquier otro químico de laboratorio es un síntoma de un problema más profundo que requiere mucho más que una prohibición para resolverse.

























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