A la vista de lo sucedido electoralmente en Francia y Grecia, resulta evidente que Europa es diferente de América. Esta apreciación ha quedado demostrada por el ambiente y los resultados de las elecciones, en diferentes modalidades de “segunda vuelta”. Por una parte, es evidente la supervivencia de la variedad europea en las inclinaciones de elegir a los líderes. Nada más lejos del opresor bipartidismo que parecía instalado en algunos de los países europeos que precisamente ahora son protagonistas o víctimas de la crisis. Aunque hay una alternancia clásica en algunos países (Reino Unido, España, Francia, Portugal), lo cierto es que para gobernar se necesitan socios secundarios, cuando no coaliciones insólitas.
Esta dimensión ha sido espectacularmente dramatizada por el nuevo reto griego para formar gobierno, según el triunfo parcial de los conservadores de Nueva Democracia, de la derrota histórica de los socialistas del veterano Pasok y del avance insuficiente de la extrema izquierda de Syriza, dirigida por el carismático Alexis Tsipras. La coalición por la que apuestan tanto una mayoría de griegos como en el resto del continente es la formada por conservadores (ayudados por los 50 escaños de propina que les da el sistema electoral) que hace pocas semanas se oponían a las medidas de austeridad, y los socialdemócratas, listos para retirarse a los cuarteles de invierno. Lo más llamativo de este favoritismo por esta coalición de gobierno es que esos dos partidos han sido los culpables principales de la crisis, de las fraudulentas declaraciones sobre el estado de su economía, y la corrupción generalizada.
Si giramos la mirada hacia Francia, la peculiaridad de las elecciones legislativas, a renglón seguido de las presidenciales, es el masivo acopio de poder del resucitado Partido Socialista. No hace tanto que nadie apostaba luego de los escándalos de su anteriormente candidato virtual Dominique Strauss-Kahn, que se autodestruyó por sus frivolidades sexuales, nunca convenientemente aclaradas. Si Hollande había llegado a dirigir el partido luego de haber superado a varios contendientes, entre ellos su ex compañera Ségolène Royal, pocos apostaban por su triunfo. Lo logró por las desastrosas estridencias de Sarkozy y el magistral uso de la oposición a Merkel y sus medidas de austeridad. Hollande capturó el Elíseo porque Francia es una sociedad básicamente “conservadora de izquierdas”, celosa de protegerse con las conquistas del estado de bienestar y la sacralización del estado. O sea, lo contrario de los norteamericanos, cuyo ideal es un estado disminuido.
El triunfo presidencial fue el trampolín del doblete electoral, con la conquista de la Asamblea Nacional, en parte por las carambolas del sistema de jurisdicción mayoritaria, por la que solamente los mejor colocados pasan a una segunda vuelta, que sí se parece a la americana costumbre. Curiosamente, ese sistema ha sido la razón de la insólita derrota de dos damas emblemáticas en los últimos tiempos de la política francesa. Una es Marine Le Pen, la sucesora de su temible padre en la derecha racista. La otra es precisamente la ex compañera de Hollande, Ségolène, madre de sus cuatro hijos.
La periodista Valérie Trierweiler, ahora primera dama francesa, se lanzó a tumba abierta con un mensaje digital de apoyo al opositor de Royal, el tránsfuga Olivier Falorni, en el escaño de La Rochelle, que le hubiera garantizado nada menos que la presidencia de la Asamblea, la joya de la corona para cualquier político francés. Se ignoran las consecuencias futuras de este episodio, pero a la vista de la curiosidad social de la política con respecto a las relaciones personales, nada tendría de sorprendente que todo siguiera igual, en contraste con las costumbres norteamericanas, donde incidentes como éste generarían un vuelco político.
Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.






























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