Cuando era niña escuchaba a mi padre decir que el hombre era el motor de la economía, que era el mejor invento de la humanidad, que nada podría superarlo, y en efecto el ser humano es clave para la producción, una máquina perfecta, maravillosa, a imagen y semejanza del creador, según los cristianos.
Pero en estos tiempos en que vivimos amenazados con una guerra nuclear, y que la crisis aprieta los bolsillos, inclusive de quienes viven en países desarrollados, uno se pregunta cuál es el activo más importante del mundo: el petróleo, la energía nuclear, el gas de esquisto, el maíz o la soya que usan para hacer combustible, el mar, la tierra, o ese aire que cada día viciamos, el medio ambiente que no respetamos.
¿Dónde radica el origen de los conflictos que agitan a la opinión pública? En sociedades del primer mundo, observas que todo es silencioso, perfecto, inmaculado, puntualísimo, pulcro. La interrogante es si esa perfección conduce a la felicidad absoluta, si el avance de sus naciones avanza acorde a la sensibilidad y sabiduría de sus ciudadanos que viven pendientes de la tecnología. O tal vez el estado ideal está en ese desorden habitual, plagado de ruidos extraños que caracterizan a los pueblos sudamericanos, allí donde los olores, usos y costumbres, hasta la piel y el amor, tienen otro sabor.
Nos ha tocado vivir una época de ambiciones desmedidas. Las potencias aspiran a tener todos los recursos energéticos, hídricos, materias primas que permitan fabricar el mayor volumen de elementos tecnológicos, los minerales más extraños y valiosos para innovar las industrias del futuro. Los países se enemistan por temas que traspasan las fronteras ideológicas. Es una competencia. Quien posee más riquezas, es el más poderoso. ¿Es positiva tanta innovación y tecnología, si los conceptos y conductas son tan rudimentarios? Hoy el mundo es una jungla donde prima la ley del más fuerte.
¿Será saludable para el futuro de la tierra que países emergentes como China, por ejemplo, concentren tanto poder? ¿Acaso esta acumulación de recursos es motivada sólo por las necesidades de una población que supera los mil millones de habitantes? ¿Qué piensan los mandatarios que toman decisiones consensuadas en foros donde se aglutinan según sus intereses de grupo y que representan a las economías más adelantadas?
¿Qué dirían personajes como Einstein o Gandhi ante estas circunstancias? El mundo está en ebullición, es una olla de presión y los efectos contagian a la naturaleza, que alborota sus climas u origina tempestades. Lo ocurrido políticamente en Francia, Grecia, Italia, la violencia que se respira en Siria, las amenazas entre potencias nucleares. La conducta de algunos líderes del Viejo Continente, el surgimiento de ríos de gente protestando por mil y un motivos diversos, nos envían señales del descontento que agita al otro extremo del charco. Todos cierran las fronteras de su pensamiento.
Pacifistas y extremistas están obligados a transar. Eso ocurre allá y también en esta parte del orbe. Latinoamérica ya no es un traspatio, pero algunos países si no educan a sus pobladores corren el riesgo de reprimarizar su producción y convertirse en la periferia de naciones asiáticas. Se habla de un nuevo orden económico, pero los bancos siguen quebrando o esperan ser rescatados. Decisiones globales son noticia de primera plana, porque pueden cambiar el curso de la historia. La violencia es el signo de los tiempos para muchas sociedades, ya sea por la crisis o por maquillar realidades que ahora no pueden ocultarse. ¿Es el hombre un espectador del juego maquiavélico de los gobernantes o simple títere de la modernidad?
Los optimistas creemos que millones de personas conservan sus valores, la fe, el trabajo que impulsa el día a día. Son gente con sueños, proyectos, aquellos que apuestan por transformar la injusticia en justicia. Que no renuncian a sus más caras ambiciones e ideales y dentro del equipo de esos innovadores que creen en un mundo mejor, está el ciudadano de a pie, ellos son la multitud. No importa si son imperceptibles como granitos de arena en el océano. Lo que importa es su perseverancia.
Periodista peruana.





























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