Hace dos veranos atrás, Pat Riley caminó con seguridad, abrió un estuche hermoso de madera y mostró, delante de los ojos de LeBron James su colección de anillos de campeón de la NBA, los múltiples ganados con los Lakers de Los Angeles y el último el que más quiere- conquistado con el Heat en el ya lejano 2006. La leyenda, se supo después, le dijo al entonces agente libre, que no estaba conformo, que quería más.
Y acto seguido pasó a desgranar el plan maestro que convertiría a Miami en la capital indiscutible del básquetbol, la nueva Meca de la NBA. Riley hablaba con el convencimiento de que Dwyane Wade y Chris Bosh ya habían asumido su compromiso con la franquicia. Delante de los ojos de James, el presidente del Heat dibujaba la imagen de un trío para todos los tiempos, una maquinaria invencible, capaz de pasar por encima de rivales y problemas.
Más allá de las palabras, James no le quitaba la vista a los anillos. Después de todo, él había estado muy cerca de uno en el 2007, cuando sus Cavaliers de Cleveland cayeron bajo el puño de los Spurs de San Antonio. Su fracaso en aquella Final dejó una cicatriz no visible, pero inolvidable. Ante la presentación de Riley, él sintió que había llegado el momento definitivo de un cambio.
Y vino La Decisión.
Sus críticos no le perdonaron -¿lo habrán perdonado ya?- que mantuviese en vilo a todo el país para conocer su nuevo destino y aquella frase de llevo mis talentos a South Beach servió de munición para las legiones de los que lo odian. Sí, la palabra es dura, pero no cabe duda de que millones disfrutan con cada una de sus caídas. Ese es el mundo cruel en que vive James.
Y luego vino La Fiesta.
Aquella celebración de bienvenida en la Arena AmericanAirlines, donde 15,000 aficionados gritaron a rabiar cuando vieron por primera vez juntos a sus tres ases, despertó cierta envidia más allá de los límites de West Palm Beach. Mientras que la frase otra más- de ganar no uno, no dos, no tres, sino múltiples títulos, se la recordaron a James mil veces, especialmente en la estrepitosa derrota ante Dallas en la Final anterior.
Tuvo que pasar otro largo verano, para que James dejará atrás todos esos demonios.
El año pasado no disfruté mucho del juego, tratando de demostrar cosas a todos, y eso me hizo perder concentración, expresó James, quien confesó que en estos playoffs no miró televisión, no escuchó la radio ni leyó los periódicos. Esta vez salí a jugar con la mente limpia, concentrado, con un objetivo en mente.
Sin duda, James nunca había estado tan concentrado en sus nueve temporadas, con tres premios al Jugador Más Valioso, tres Finales de la NBA con dos equipos distintos. La transformación ha sido evidente, un cambio que ha terminado con un título de la NBA y una reivindicación total.




























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