Según los teóricos de las revoluciones, éstas sólo son posibles cuando existen condiciones objetivas y subjetivas. Las objetivas son la precariedad e injusticia en que vive la población, una situación de desesperanza en la que los de abajo sólo saben que no pueden seguir como hasta entonces, aunque no sepan aún qué hacer ni qué poner en lugar de lo que existe. Faltan, en otras palabras, las condiciones subjetivas, confianza en una vanguardia o liderato con una certera estrategia de lucha y una meta bien definida, una clara visión de aquello que queremos lograr una vez rotas las cadenas.
Si aplicamos esta teoría a la realidad cubana actual, nos encontramos que ya hace mucho las condiciones objetivas están dadas, que el pueblo se encuentra en un estado de frustración ante las promesas del poder reiteradamente incumplidas, condiciones que a mi juicio comenzaron a crearse en los 90 tras derrumbarse la Unión Soviética y el campo socialista y maduraron a fines de la primera década del siglo XXI con la creciente corrupción burocrática, la crisis mundial y los desastres naturales. La inconformidad, extendida, incluso, hasta las propias bases sociales que servían de apoyo a esa dirigencia, generaron una vertiente contestataria de izquierda. Dos actitudes gubernamentales develan la conciencia del peligro: la concesión de migajas a la población para apaciguarla con expectativas de cambio, y al mismo tiempo, un aumento sin precedentes del hostigamiento contra grupos opositores.
Sin embargo, no existían aún las condiciones subjetivas. La única solución concebida por gran parte de la población para escapar era el éxodo. Se arriesgaban a morir ahogados en el mar antes de sufrir hostigamiento y prisión junto a una oposición que había logrado reconocimiento y protección de la opinión pública internacional, pero que se mantenía fraccionada y había fracasado en sus estrategias, pues el gobierno nunca aceptó las propuestas de diálogo y demostró su resolución a desconocer incluso sus propias reglas cuando se le retara en su misma legalidad. Se había llegado, por tanto, a un punto en que ni la oposición podía vencer a ese gobierno ni el gobierno podía aniquilarla. Y si las cosas empeoraban y estallaran explosiones sociales incontrolables, esa oposición no tendría poder de convocatoria para canalizar a la población hacia un cambio constructivo, no sólo por su fraccionamiento, sino además, por el predominio en gran parte de ella de una retórica influida por sectores de la Diáspora divorciados de la realidad interna que, en consecuencia, la distanciaba de esa población. El respaldo a las restricciones económicas y política de aislamiento de una potencia extranjera hacia Cuba, no podía ser atractiva a quienes vivían del turismo, a cuentapropistas, a familias que recibían remesas de parientes en la Diáspora, ni a traficantes del mercado negro entre otros, o sea, a la inmensa mayoría del pueblo.
No obstante, varios grupos opositores, así como la izquierda contestataria, han adoptado por separado posturas diferentes al rechazar esas restricciones, en particular las barreras a viajes y remesas impuestas por ambos gobiernos, conscientes de que la comunicación de las ideas y la ayuda económica contribuyen a crear una base social propiciadora del cambio. Al mismo tiempo, un sector cada vez más amplio de la Diáspora no sólo coincide con ellos en estas demandas, sino además, en el ideal de una sociedad realmente democrática y participativa. Ese punto muerto se rompería con la convergencia de los diferentes frentes democráticos de todos los ángulos de la sociedad. La solución, pues, está a la vista: en primer lugar, una carta de principios válida para todos los tiempos donde nos comprometamos todos los cubanos de buena voluntad y nos sirva de plataforma para la convergencia de todos los que debemos andar juntos en la fundación de una Cuba unida en nuestra diversidad, en la lucha por la paz, el amor y la prosperidad, para levantar bien alto una sola voz en reclamo de los más valiosos derechos del pueblo, y luego elaborar, conjuntamente, el mapa de ruta de la transición. A las puertas de un posible porvenir preñado de peligros, viene a la mente la frase de Martí en Nuestra América: “una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados”.


























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