Como en todo viaje, la percepción personal del visitante acerca del sitio explorado es la que marca la pauta y crea el relato que a su vez influenciará las decisiones de futuros aventureros. Sobre Moscú se cuentan cosas buenas y malas, inverosímiles y desconcertantes pero capaces todas de generar la curiosidad necesaria que sigue llevando a millones de turistas a descubrir los encantos visibles y los menos visibles de esta hermosa ciudad, aun cuando no todos sucumban a ellos.
Una impresión inicial, como esa que se obtiene en el recorrido desde al aeropuerto hasta el hotel puede sorprendernos con unas vías tan modernas como las de cualquier urbe norteamericana y con un tráfico bien sea infernal o absolutamente tranquilo, fluido y sin demoras ni contratiempos, según la hora en que por fortuna o por desgracia estemos recorriendo esa misma ciudad. Asunto entonces de suerte y percepción.
Sin embargo y lo que no admite elementos subjetivos en la apreciación, es la grandeza y la importancia histórica que se narra per se en cada estructura arquitectónica de esta enorme capital.
Un viaje relámpago a Moscú puede decirse que queda salvado con la sola visita a la Plaza Roja. En esa plaza, cuya famosa imagen hemos visto desde siempre en los libros de historia y en las cientos de películas que la han usado como escenario para sus filmaciones, es donde se encuentra la Catedral de San Basilio, famoso icono con el que el mundo entero identifica a Rusia. Con sus cúpulas bulbosas, espiraladas y de extravagante colorido que a muchos evocan un trabajo de repostería, la catedral nos invita a adentrarnos en sus cámaras internas y a disfrutar de los iconos y frescos que decoran sus techos y paredes. Usualmente durante estos recorridos, un concierto vocal de música Ortodoxa Rusa proveniente del altar principal transporta al viajero al medievo.
Esa plaza que alberga el Mausoleo de Lenin, el Museo de Historia, y que linda con el Kremlin, esa plaza con sus monumentos y edificios en su mayoría rojos, que se transforman en incandescentes en las horas del atardecer y donde la presencia de establecimientos de Armani, Versace, McDonald’s y Coca Cola no podían faltar, son el alma de Moscú. Una vez explorados entonces los 75,000 metros cuadrados de esta plaza, el visitante puede concluir a satisfacción que ha conocido el corazón de Moscú y que ha conquistado sus tesoros y riquezas.
Para el viajero ávido de aventuras, Moscú se presenta como una ciudad infinita en posibilidades sin importar gustos ni presupuestos. Un paseo por las inmediaciones del Kremlin, donde están representados en distintos monumentos seis siglos de historia, además de los acontecimientos más importantes del estado ruso, resulta imprescindible. El Palacio de los Congresos se erige como representante del siglo XX. En él se celebran, como su nombre lo indica, congresos, conferencias y conciertos en una sala con capacidad para albergar a 6,000 personas. Llaman también la atención dentro del Kremlin el Cañón del Zar, considerado como el cañón más grande del mundo y el cual nunca ha sido disparado y la Campana-Zarina, considerada también la más grande del mundo y cuya característica es que se encuentra resquebrajada. El Campanario de Iván el Grande, una torre de 81 metros de alto, es otra maravilla del arte arquitectónico de comienzos del siglo XVI. Sin embargo, la joya y centro del Kremlin es la Plaza de las Catedrales donde se encuentra una agrupación de catedrales, destacadas por sus cúpulas doradas y por la colección de obras maestras que albergan en su interior. En ellas fueron coronados los gobernantes, se llevaron a cabo importantes actos de estado y además sirven de Panteón a príncipes y zares. También de igual belleza e importancia, alberga el Kremlin El edificio del Gran Palacio, donde hoy en día se llevan a cabo las recepciones oficiales y los acontecimientos de más trascendencia en la vida del país. Por último, y junto al Gran Palacio, se halla la Armería, que es el museo más antiguo de Rusia, fundado por orden del zar Pedro I en 1720 y donde se exhiben armas y joyas que datan desde la Edad Media. A la Armería, al igual que al interior de las Catedrales, se puede acceder pagando un costo adicional al que tiene la entrada general.




























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