Cuando un día le preguntaron a Dario Fo, uno de los monstruos sagrados del teatro en el siglo XX, por Ionesco, dijo: “Es un viejo irónico que anda apuntándole con una escopeta a todo el mundo”. Y tenía razón.
Eugéne Ionesco (Rumania, 1912- Francia, 1994), narrador, dramaturgo, diarista, con un rostro a mitad de camino entre el cansancio de las personas mayores y la picaresca malsana de los niños, era una suerte de fetichista irónico que tenía como único objetivo apuntar con una escopeta imaginaria a todo el que encontrase, matar.
La soprano calva, La lección, Las sillas, El rinoceronte no sólo cuentan entre lo más arriesgado que cualquier grupo de teatro pudiese colocar ahora mismo en escena, sino, a esas obras que según los tiempos siempre pueden ser de nuevo leídas (leídas en relación a -y leídas en contra de-). Leídas como si de adentro de ellas sólo fuese posible extraer algo nuevo. Su credo, según cuenta él mismo, era “mostrar lo que nadie ignora”, “la banalidad cotidiana que sólo lo atroz traspasa”. Y sobre lo atroz giran precisamente todos sus escritos. Empezando por aquellos relatos que después tomaron forma de vodevil sarcástico y se llenaron de actores (recordemos que muchas de las piezas teatrales del dramaturgo fueron pensadas como prosa antes que éste las llevara a escena. Véase El rinoceronte y otros relatos, Abada Editores, 2004), y terminando por sus Diarios (Páginas de espuma, 2007), verdadero compendio de quejas, relatos, bocetos, reflexiones y fajatiñas edípicas que el personaje Ionesco, tragaespadas de feria en el teatro y en la vida, puso a circular en su particular infiernito privado.
Ese sofá-freud donde los creadores suelen proyectar el monstruo que son o viven en carne propia. ¿No es acaso este sofá-freud con sus arabescos rojos y su tamaño de enano la medida exacta de toda literatura? La lección, una de sus piezas más célebres, es una versión moderna de la historia de Gilles de Rais, aquel seguidor de Juana de Arco que en la Francia del primer Renacimiento descuartizó por placer a más de 300 niños. Este “asesino arcaico”, como lo llamó en excelente ensayo Georges Bataille, es en la obra del rumano-francés un viejo profesor con brazalete nazi que mata a sus alumnos, además de con una pedagogía autoritaria (¿existe algo más autoritario que la aritmética?), con un cuchillo simbólico. Cuchillo que como la pedagogía y la rabia del profesor son controlados y alimentados por una criada y por la historia, siempre al servicio de los descuartizadores y las malas políticas en cualquier lugar del mundo; siempre al servicio de lo kitsch. Kitsch ideológico y social: por las jerarquías, el lenguaje, el decorado, las clases, el contrasentido, que el dramaturgo de ascendencia judía (no confundir con aquel otro Ionescu, mentor de Cioran y Eliade, e ideólogo de La Guardia de Hierro) resuelve de manera sutil en todos sus textos y lo lleva a no incorporar elementos ideológicos o signos de época en sus obras: el brazalete de La lección más que signo es guiño. Sus piezas, cada vez más re-escenificadas en cualquier parte, resultan en verdad actuales porque muestran a la vez algo simple, torcido. Y nada más cercano a nuestra realidad que una realidad de lo simple-torcido, como bien supo en su momento ese otro grande que fue Tadeusz Kantor.




























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