Primero apareció como libro electrónico y su éxito en la red fue instantáneo. Entonces, como un boxeador sonado y con reflejos lentos, el mundo editorial se abalanzó sobre Cincuenta sombras de Grey (Grijalbo) y la novela erótica de E.L. James ya ha vendido 15 millones de ejemplares impresos. Lo que demuestra que no todo estaba escrito en la línea de la desgastada sonrisa vertical. Pero, ¿y si se tratara de un falso positivo dentro del género que el cineasta español Luis García Berlanga definía como esos libros que se leen con una mano?
Precisamente hasta mis manos (las dos, por cierto) llegó la primera entrega de la trilogía que ha escrito la autora británica, y aproveché un vuelo transatlántico para disipar mis dudas sobre la calidad de este bestseller dirigido a un público mayoritariamente femenino. Para el consumo y placer, según ha señalado James, de amas de casa en busca de emociones fuertes que las saquen del tedio de la rutina diaria.
No estaba segura de cumplir con el retrato robot de ama de casa (eso supondría presumir de destrezas domésticas de las que carezco), pero, como cualquier hijo de vecino, el anticipo de un sobresalto siempre resulta prometedor. Más aún si se viaja en clase turista. Me dispuse a entregarme a la lectura de Cincuenta sombras de Grey con la misma sumisión que su protagonista.
Porque el tema central de la novela es el sometimiento sexual de la universitaria Anastasia Steel tras caer bajo el influjo erótico del rico y apuesto Christopher Grey. Como la historia de James se desarrolla en estilo y contenido como uno de esos manuales para dummies (en este caso el aprendizaje es el del sadomasoquismo), la premisa es muy básica y las pistas resultan evidentes. Por ejemplo, los apellidos de esta pareja dispareja ya son indicativos: ella, aunque insólitamente virgen a los 21 años, no es tan frágil y de ahí lo de Steel (por aquello del acero). El irresistible millonario que conduce sus negocios por teléfono, no se apellida Grey por casualidad, sino para que sepamos, desde el principio, que sus pulsiones sádico-sexuales obedecen a algún oscuro trauma de su infancia. Por supuesto, la falsamente dócil Anastasia irá descubriendo el secreto como quien quita las capas de una cebolla derramando aquí y allá una amarga lágrima. Por aquello de los inevitables azotes que una sumisa siempre recibe de su amo.
Sin apenas preámbulo (o foreplay) muy pronto el lector sabe que al joven Grey lo que le interesa es convencer a la muchacha de que se entregue a una serie de perversiones en la Habitación del Dolor que tiene en su mansión. Pero antes de pasar a la consabida cama con dosel, esposas, látigos de cuatro puntas y otros artilugios que la Inquisición y el marqués de Sade perfeccionaron, hay que atravesar muchas páginas en las que las dos partes discuten hasta la extenuación las condiciones de un contrato entre la sumisa y el amo. Fue entonces cuando comprendí que yo, en mi condición de lectora encajonada en clase turista, también había aceptado la primera etapa de una tortura que prometía ser erótica pero que, hasta ahora, me recordaba al suplicio de los contratos de alquiler de vivienda. Léase el arrendatario como sumiso y el arrendador como amo, dueño y señor.


























Mi Yahoo