Increíblemente, después de dar la lata con el dichoso acuerdo, Anastasia nunca lo firma y sencillamente deja de ser una muchacha en flor con un tipo cuyo pasado evoca a la ya mítica Lisbeth Salander. Grey está empeñado en llevar a su discípula por los senderos del placer y el dolor, saltándose lo que denomina repetidamente “sexo vainilla”.
Llegados a este punto (que no de éxtasis), el lector se somete al segundo tormento: que es la repetición fastidiosa de ciertas expresiones página tras página. La Diosa dentro de mí. Frunció el ceño. Me mordí el labio. Hacer la cuchara, que, para los no iniciados, significa dormir abrazados por la espalda y no una novedad del catálogo sadomaso. Una y otra vez James recurre a estas muletillas a modo de gatillazo literario o coitus interruptus, que desinfla el momento álgido de todo encuentro que comienza con la promesa de una detonación orgásmica. Algo que se le agradece a la autora, porque no era de recibo inquietar aún más a mis atribulados compañeros de viaje. Digamos que Cincuenta sombras de Grey tiene el efecto de una cita a ciegas que prometía ser explosiva y se reduce a un one night stand sumido en clichés. Esa sensación, a la mañana siguiente, de marchito déjà vu que a estas alturas producen las posturas de un Kama Sutra que se ilustró hace milenios.
Cuando terminé de leer la novela ya estábamos llegando a nuestro destino. Entonces comprendí la tercera de las revelaciones: Emmanuelle sí le habría sacado provecho a un vuelo de ocho horas. Me limité a morderme el labio y fruncir el ceño.
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